Una merienda en un café nos unía más a Sofía y a mí que un enlace iónico a dos átomos. Con el paso de los años, ese pequeño instante de la vida se había transformado en un rito, una peregrinación a la experiencia de sentarnos frente a ventanales y degustar, a veces en silencio y otras en intensas conversaciones, la comida elegida.
Casi siempre la escena era la misma: yo tenía bastante claro lo que iba a pedir (tostados con café o licuado, dependiendo la estación), pero Sofía disfrutaba leer a detalle la carta, considerar las opciones, calcular los precios, acercarse al mostrador a seleccionar (o soñar) entre tortas, churros y otras tantas cosas dulces que había. En esos minutos yo la observaba hablar consigo misma, preguntarme mi opinión, frustrarse, decidirme y luego pedir algo diferente.
A menudo yo sólo era un espectador de ese momento, pero disfrutaba observar su rostro suave y su cabello negro enfundado en gorritos de lana, sus manos delicadas arremangando la manga de sus pullovers color pastel, sus ojos (todo un caleidoscopio de tonalidades café) concentrados en su tarea, pasando de la comida a mí y sonriendo en esa pose que alguna vez fuera lo primero que me había cautivado de ella. Nuestros dedos se entrelazaban, mientras los tazones de porcelana con café con leche humeaban su aroma, fundiéndose con el delicado perfume de ella.
Así transcurrieron los años. Puede que en la semana las obligaciones nos inundaran el tiempo, pero cada sábado de tarde, a medida que el sol se hundía entre los edificios de Buenos Aires, Sofía y yo merendábamos en algún lugar. Sus ojos y los míos volvían a encontrarse, y el rito se repetía una vez más.
Un día dejamos de ir. No sé muy bien cómo pasó o por qué. A veces nos quedábamos dormidos y despertábamos para la cena. Otras, simplemente nos hacíamos un té de saquito en unas tazas viejas, acompañado con un surtido de galletitas rellenas del supermercado. La televisión encendida acaparaba nuestra atención, mientras cada uno se reía mirando videos en su propio celular. Yo vestía alguna remera de entrecasa y me encerraba en mi mundo, ajeno a la mirada de Sofía, que semana a semana se alejaba más y más.
Hubo un día en el cual ya no merendamos. Sus ojos color café, su larga selección de tortas, churros y cosas dulces, el entrelazar nuestras manos, se transformó en un recuerdo y ambos decidimos seguir nuestros caminos separados. Dicen que uno no entiende lo que tiene hasta que lo pierde, lo cual comprendí demasiado tarde. La unión, el enlace, se había roto.
Pasaron los años. Durante mucho tiempo estuve errante, como quien camina sin sendero y busca sin mapa. Sonreía ante la gente, me mantenía ocupado. En las tardes en las que no trabajaba me quedaba en mi balcón, tomando un té tibio y observando a personas anónimas caminar por la vereda.
Una tarde fría de lluvia, cuando ya podía ver algunas canas en mi pelo, decidí salir a merendar. Elegí un lugar que conocía, y fui caminando bajo el intenso temporal. Al llegar, dejé mi campera en el respaldo de la silla frente a un ventanal que daba a la calle. La moza me trajo la carta (yo sabía ya lo que iba a pedir). Estaba a punto de ordenar, cuando alcé mis ojos y mi corazón se detuvo. Allí, frente al mostrador, una mujer con cabello negro y gorrita de lana, rostro suave y pullover color pastel observaba las tortas, decidiendo cuál pediría. Al darse vuelta, nuestras miradas se cruzaron y fue como si los años no hubieran pasado. Me acerqué, ambos nos miramos en silencio y, al unísono, dijimos:
“¿Querés merendar conmigo?”





