Es a veces el deseo de abolir la soledad lo que nos impulsa a hacer cosas que de otra forma no haríamos. Esa desesperación, esa aflicción que te agarra cuando miras a tu alrededor, y sentís que todos los que te rodean van desapareciendo a medida que pasa el tiempo, es inentendible para aquellos pocos afortunados que no la ha vivido. Te vuelve loco, te hace dudar incluso en el camino más claro y seguro, en aquel cuya meta es tan visible que a veces parece un simple espejismo.
Es el inicio y el fin, a veces trágico, de muchas historias. Personas destinadas a realizar grandes logros se hunden en lo más profundo de su ser, cayendo en un estado de decadencia absoluta del que no pueden salir. Las ves caminando, lentamente, con la cabeza inclinada hacia adelante, y con pasos cargados de dolor. Y deseas, con todas tus fuerzas, no terminar así. Pero cuando menos te das cuenta, cuando menos lo esperas, te encontras en ese lugar: caminando por una calle vacía y gris, llevando solamente ese sufrimiento que de alguna forma vos mismo decidiste prolongar. Y es en esos momentos en los que deseas, de alguna forma, acabar con todo. ¿Pero es la muerte una solución, o solo retrasa lo inevitable?

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