El
sol caía ya sobre los basurales que rodeaban la villa, cuando Juanito Laguna
emprendió el viaje de vuelta a su casa. Caminaba tan rápido como le permitían
sus piernas, alentado por la emoción que le producía el solo pensar en lo
especial que iba a ser esa noche, la cual, como cualquier niño, esperaba con
ansias durante todo el año.
Mientras recorría rápidamente los conocidos montones de basura, aquellos en los
cuales había jugado toda su vida, comenzó a distinguir cada vez más cerca la
villa en la que estaba su hogar. Se detuvo un segundo, y observó por enésima
vez ese paisaje que tanto conocía: la villa, con sus casas humildes, a veces
demasiado, se extendía frente a él. Dentro, cientos de personas vivían amontonadas,
luchando por subsistir en una ciudad donde no se les daba ni la atención ni las
oportunidades que tanto anhelaban y necesitaban. Y por detrás, se alzaban los
grandes edificios. Juanito jamás había estado dentro de uno de ellos, en
donde se contaba que había muchas comodidades, propias de las que tenía la
“gente con suerte”, como les decía él.
Al internarse en el lugar, saludó rápidamente a aquellos conocidos a los
que se cruzaba, y se dirigió directamente hacia su casa. Cuando llegó, ya era
de noche, y la luna era bien visible en el cielo. Junto a ellas, se distinguían
algunas estrellas, las pocas que todavía no habían sido consumidas por la luz
de la ciudad.
La pequeña habitación donde se reunió la familia era para el niño lo más
confortable que había en el mundo. Con su piso de tierra y sus paredes de
chapa, causaba en Juanito esa sensación de calidez que solo proporciona un
hogar. Hacía calor, por lo que la puerta se encontraba abierta, al igual que
las ventanas. Y la tenue luz de la lámpara de querosén ubicada en el centro del
lugar brindaba una extraña sensación, mezcla de melancolía y clima de
fiesta. En el medio del carenciado cuarto se encontraba una vieja mesa, de esas
que uno no sabe cuando llegó, solo que siempre estuvo ahí, y su pobre estado
daba la sensación de que en verdad era cierto. Solo una de sus patas era la
original; el resto habían sido añadidas con el tiempo. A su alrededor, se
reunía la familia, dispuesta a comer la cena preparada para esa noche: un pan
dulce, y para beber, una Coca Cola para los niños, y una sidra para los
grandes. Juanito se encontraba profundamente complacido. Aquella cena era sin duda la
más deliciosa de todo el año. Tratando de saborear cada bocado, comenzó a
mirar, cada vez más atentamente, el reloj, esperando que las agujas marcaran
las doce en punto.
Poco a poco, la hora tan esperada llego, y el reloj dio las doce. La familia
brindó con sus pequeños vasitos, y los niños recibieron, cada uno, su regalo. Y
una vez recibido, salieron corriendo afuera a jugar. Y mientras, los fuegos
artificiales iluminaron el cielo, creando formas y colores que deslumbraron los
ojos de los hermanos.
Juanito pasó una noche que sería recordada toda su vida. Como todos aquellos
momentos felices de su vida que contrastaban con su miseria de todos los
días.
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| "La Navidad de Juanito Laguna". Óleo sobre arpillera, obra de Antonio Berni. 1961. |
Sobre el cuento (o un intento de making of).
El cuento que acaban de leer fue escrito hace ya siete años, cuando en mi último año del secundario se nos pidió que elaboremos un cuento basado en una obra de arte. De las obras disponibles, llamó mi atención el cuadro de Antonio Berni, "La Navidad de Juanito Laguna", que pueden ver más arriba. No recuerdo qué fue lo que me impactó de esa composición, pero sé que, con entusiasmo, procuré redactar el cuento. Me inspiré en el cuadro en sí, pero traté de pensar cuál sería la historia tras la imagen. ¿Qué significaba esa Navidad para Juanito? Con esa idea en mente, fui lentamente construyendo el relato. Fue un proceso tortuoso. Lo escribí y reescribí varias veces, con la presión de que en sólo una semana tendría que leerlo frente a mis compañeros. El sufrimiento del perfeccionista, se podría decir. Noche tras noche, dedicaba al menos una hora a pensar el cuento. A retocarlo. A ver cómo podía ser mejor.
Hoy pienso que el resultado no era malo. Quiero decir, este era tal vez el cuarto cuento que escribía en toda mi vida, producto más del esfuerzo que de la habilidad. ¿Pero quién podría convencerme de eso? En esos años, la mera idea de pasar al frente del curso me provocaba pavor. Imagínense sí, además, tenía que hacerlo con un cuento propio en mano. Las inseguridades de la adolescencia, supongo.
Igualmente, con el tiempo el cuento tomó forma. No era una gran producción, pero me sentía orgulloso del resultado. Si bien la exposición fue un desastre (los nervios me jugaron un mal momento, principalmente por perder la fe en mi propio trabajo enfrente de todos y presentarlo como algo simple), hoy lo guardo con cierto cariño. Si bien al releerlo no dejo de sentir esa sensación del momento que ya describí, y con el paso de los años algunas personas opinaron (no sin razón) que al final le faltaba impacto, hoy me propuse a compartirlo. Tal vez porque quiero legitimar una partecita de mi pasado, o tal vez porque no pude escribir el cuento que pensaba subir hoy. Puede que sea una mezcla de ambas cosas. Sin embargo, quisiera dejar un par de ideas:
- No tenemos que avergonzarnos de nuestras producciones. Lo que escribimos no deja de ser un retazo de nosotros mismos. Y eso hay que valorarlo, independientemente del resultado de nuestra obra.
- Siempre se puede mejorar, pero no por eso debemos criticar de más nuestras obras. Todo podría ser mejor, pero la grandeza se llega a través de un camino. ¿Importa si algo que hicimos no sale como esperábamos? ¡No! Es un aprendizaje, un paso más hacia mayores habilidades.
No es algo que pretenda olvidar jamás.

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