jueves, 11 de septiembre de 2025

Historia de una pareja

Una merienda en un café nos unía más a Sofía y a mí que un enlace iónico a dos átomos. Con el paso de los años, ese pequeño instante de la vida se había transformado en un rito, una peregrinación a la experiencia de sentarnos frente a ventanales y degustar, a veces en silencio y otras en intensas conversaciones, la comida elegida.

Casi siempre la escena era la misma: yo tenía bastante claro lo que iba a pedir (tostados con café o licuado, dependiendo la estación), pero Sofía disfrutaba leer a detalle la carta, considerar las opciones, calcular los precios, acercarse al mostrador a seleccionar (o soñar) entre tortas, churros y otras tantas cosas dulces que había. En esos minutos yo la observaba hablar consigo misma, preguntarme mi opinión, frustrarse, decidirme y luego pedir algo diferente.

A menudo yo sólo era un espectador de ese momento, pero disfrutaba observar su rostro suave y su cabello negro enfundado en gorritos de lana, sus manos delicadas arremangando la manga de sus pullovers color pastel, sus ojos (todo un caleidoscopio de tonalidades café) concentrados en su tarea, pasando de la comida a mí y sonriendo en esa pose que alguna vez fuera lo primero que me había cautivado de ella. Nuestros dedos se entrelazaban, mientras los tazones de porcelana con café con leche humeaban su aroma, fundiéndose con el delicado perfume de ella.

Así transcurrieron los años. Puede que en la semana las obligaciones nos inundaran el tiempo, pero cada sábado de tarde, a medida que el sol se hundía entre los edificios de Buenos Aires, Sofía y yo merendábamos en algún lugar. Sus ojos y los míos volvían a encontrarse, y el rito se repetía una vez más.

Un día dejamos de ir. No sé muy bien cómo pasó o por qué. A veces nos quedábamos dormidos y despertábamos para la cena. Otras, simplemente nos hacíamos un té de saquito en unas tazas viejas, acompañado con un surtido de galletitas rellenas del supermercado. La televisión encendida acaparaba nuestra atención, mientras cada uno se reía mirando videos en su propio celular. Yo vestía alguna remera de entrecasa y me encerraba en mi mundo, ajeno a la mirada de Sofía, que semana a semana se alejaba más y más.

Hubo un día en el cual ya no merendamos. Sus ojos color café, su larga selección de tortas, churros y cosas dulces, el entrelazar nuestras manos, se transformó en un recuerdo y ambos decidimos seguir nuestros caminos separados. Dicen que uno no entiende lo que tiene hasta que lo pierde, lo cual comprendí demasiado tarde. La unión, el enlace, se había roto.

Pasaron los años. Durante mucho tiempo estuve errante, como quien camina sin sendero y busca sin mapa. Sonreía ante la gente, me mantenía ocupado. En las tardes en las que no trabajaba me quedaba en mi balcón, tomando un té tibio y observando a personas anónimas caminar por la vereda. 

Una tarde fría de lluvia, cuando ya podía ver algunas canas en mi pelo, decidí salir a merendar. Elegí un lugar que conocía, y fui caminando bajo el intenso temporal. Al llegar, dejé mi campera en el respaldo de la silla frente a un ventanal que daba a la calle. La moza me trajo la carta (yo sabía ya lo que iba a pedir). Estaba a punto de ordenar, cuando alcé mis ojos y mi corazón se detuvo. Allí, frente al mostrador, una mujer con cabello negro y gorrita de lana, rostro suave y pullover color pastel observaba las tortas, decidiendo cuál pediría. Al darse vuelta, nuestras miradas se cruzaron y fue como si los años no hubieran pasado. Me acerqué, ambos nos miramos en silencio y, al unísono, dijimos:

“¿Querés merendar conmigo?”


miércoles, 28 de septiembre de 2022

Sinceridad


Algunos días no sé dónde está el cielo
Ni siento la tierra bajo mis pies
Algunos días abrazo mi sombra
Otros huyo de ella
Algunos días quisiera volar lejos
Un soplo de aire que se funde con el viento
Para no volver a caer

Persiste el encierro tan lejos mío
Llama a mi puerta pidiendo sal
Cansado en el alma, estalla en pedazos
Como un pecador que sonríe en el espejo
Su cegera es fruto de su decisión

Algunas noches no encuentro mi reflejo
Ni el sonido de mi voz
Algunas noches me pierdo en el camino
Veo carteles sin dirección
Algunas noches quisiera fundirme
Como una gota que se encuentra con el océano
Para no volver a temer

Es el secreto dibujado en la pared
La persistencia de una máscara de papel
No queda más nada que vos y yo
Siluetas negras, ojos que me esperan
No me mires más, ya no puedo más
Con mi nombre
Con mis penas

Algunas tardes me reconozco en la frontera entre el día y la noche
Toco los acordes de la soledad
Algunas tardes me acuerdo de vos
Pero huyo de mi sinceridad
Algunas tardes quisiera volver en el tiempo
Como las agujas de un reloj que tocan las 12
Para poder volver a empezar

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Quebrado

Quieto, mi brazo es quebrado por espinos.
Veo un rostro que sonríe entre espasmos.
Sus ojos brillan entre lágrimas contenidas,
Perturban cada centímetro de mi ser .

Quemando, mi pierna sangra por el deseo.
El sol se hunde, se esconde de mi vista.
Un camino se pierde entre la niebla,
Hace tiempo que intenté escapar.

Hundido, mi corazón estalla entre mis heridas.
Cada ser que sueña se enfrenta a sus pesadillas.
Abrázame fuerte, porque puede que hoy sea el último día
Antes de que me desvanezca en la lluvia.



martes, 15 de junio de 2021

El mundo sin vos

Vi la fotografía rota en un cajón,
Una flor seca caía al entrepiso.
El día era triste, de nubes grises,
Como tus ojos esa última vez.

Caminaba por ese viejo camino,
Las hojas amarillas sonaban bajo mis pies.
Pero no era lo mismo sin vos,
Sabía que esta vez era solo yo.

Yo creía en el mañana,
Pensaba que sería mejor que ayer.
¿Acaso fue algo que dije?

Las estrellas siguen ahí cada noche,
Se ocultan con el amanecer.
Las observo llegar e irse
Porque ya no puedo dormir.

Me dijiste que así sería mejor.
Dimos todo y ahora no tengo nada.
Te fuiste, pero todavía te siento a mi lado.
¿Cómo puedo seguir adelante?

Lento, sigo avanzando paisajes conocidos.
Me abrazaré en nuestro lugar.
Algún día todo habrá pasado hace mucho tiempo,
Pero nunca te olvidaré.



miércoles, 9 de junio de 2021

Gregorio Muslard

Gregorio Muslard empieza su día con dolor.
Hace años que es viudo, de ella sólo le queda un jarrón.
Compra el pan y alimenta a las palomas.
Mírenlo tratar de llamar su atención.

Gregorio Muslard, se agacha despacio sostenido por su bastón.
Rasca la tierra y saca las malezas de sus flores.
Hace mucho que nadie le ayuda a hacerlo.

Sólo y despreciado,
Ni sus hijos lo quieren.
Él lo intentó.
Pide perdón, pero ya nadie le cree.
Sólo quisiera un segundo para decir
Que él lo intentó.

Gregorio Muslard, ahora vive en un asilo.
Nunca fue su elección.
Los días se pasan, la pared es la misma.
Postrado en la cama, ve a la gente ocupada pasar tras la ventana.
El teléfono nunca sonó.

Gregorio Muslard, murió sin que nadie le respondiera.
El encargado se pregunta si alguien vendrá.
"Parece que no".
Cierra la tapa, ya pronto lo enterrarán.
Gregorio Muslard, ¿quién lo va a recordar?



martes, 1 de junio de 2021

Take 1 [Escritura improvisada 3]

Ayer pensaba de nuevo en esa calle de tierra
Donde nada era real.
Los ojos recorrían a los niños jugando
Con sonrisas que ya no existen.
Te invitaría a que me acompañes,
Pero es un lugar que se perdió en el tiempo.
Volvemos sólo en sueños, aunque no pensamos detenernos.

El árbol roto era amarillo, y sus raíces duras.
Podría pasar horas viendo las hojas caer,
Sentado en el mármol blanco.
En la lejanía estaba la eterna estela de humo blanco
Que partía el cielo en dos.
Creo que todavía la veo.

Entre baldosas viejas corría el agua.
Los nomeolvides crecen alrededor.
Cuando camino, mis pies me elevan del suelo.
Si quiero correr, avanzo despacio.

La noche cae serena en el barrio de las calles de tierra,
Con el ocaso nace un nuevo día.
A veces quisiera haber podido quebrar los huesos de los payasos, 
Cerrar los ojos y no escucharlos.

Grito mi nombre, pero ya no tiene el mismo significado.
Hundido en la hierba que silencia
El peso rompe mis rodillas.
Pero no es el final.
Sé que no es el final
Para mí.



sábado, 22 de mayo de 2021

[Reflexión] Sobre la angustia de escribir

Siempre hay algo que decir. Incluso en esos días adonde las ideas están apagadas, adonde el papel se extiende ante uno, impaciente por ser llenado. A veces esto ocurre en los momentos que parecieran ser menos indicados. El día puede ser perfecto, ideal para abrirse a uno mismo y explorar las palabras, los sentimientos. Pero todo cuando nos rodea conspira para entorpecernos: los ruidos no cesan, el celular suena ante la llegada de decenas de mensajes, las personas hablan con voz fuerte, y las interrupciones son muchas. Aún en ese momento, hay algo para decir. Puede que no sea nuestro mejor trabajo, pero todo se abre como inspiración. Sentimos la incomodidad, la frustración, el desasosiego. E incluso eso es necesario. 

Nuestros mundos se construyen a través de diferentes experiencias. La felicidad, por ejemplo, es un estado que añoramos y que extrañamos en los momentos más difíciles. El miedo nos restringe y nos desafía a superarlo, como una cresta a la que tenemos que subir con mucho esfuerzo. La tristeza, el éxtasis, la esperanza y la tranquilidad. El odio y el amor. De todo eso escribimos. Nuestros poemas, nuestros personajes, nuestros mundos internos y el cómo los reformamos en obras literarias tienen tanto de nosotros que no podrían existir sin nosotros de la misma manera. Y luego, quienes lo leen lo transforman y lo adoptan como propio. Lo saborean, le dotan de nuevos significados. Lo admiran, lo quieren, lo detestan o lo odian. Y todo eso genera expectativas a uno, que le da al mundo una porción de su alma en forma de palabras.

Siempre hay algo que decir. Algo pequeño o algo enorme. No es necesario que sea sorprendente, ni que nos frustremos si no sale a la primera. En este blog casi todas mis obras están en borrador; son muy pocos los cuentos que rehago o corrijo demasiado. Muchos, seguramente, sean ideas que voy a retomar más adelante. Pero todas son válidas. Eso es importante. Experimentar, jugar con nosotros mismos, nuestros recuerdos e ideas. Resignificarlas. Crear. Dejar ir, y tomar. Aún cuando sea difícil. Esa es la dificultad y la belleza de escribir.



martes, 18 de mayo de 2021

El momento (Escritura improvisada 2)

Cansado. Esa era la palabra que mejor definía mi estado de ánimo en ese momento. Ese día no esperaba nada más que relajarme un poco, pero ya en las primeras horas del día me di cuenta de que iba a ser imposible. Las tareas atrasadas se acumulaban, sin que yo pudiera hacer demasiado.

En realidad, se acumulaban porque yo no hacía demasiado. Pero nadie tenía que enterarse de eso.

Una sensación de somnolencia se apoderaba de mis ojos, pero creía tenerlo dominado. Estaba en ese momento en el que me debatía sobre si irme a dormir o no, cuando de pronto, el primer acorde sonó.

Me sorprendí un poco, tengo que decirlo. Al principio, era como un órgano suave, un sonido que se expandía por todo el espacio de mi cuarto, inundando mis oídos. No sabía de dónde venía ni adonde iba. Pero iba creciendo, aumentando mi expectativa. 

De pronto, nuevas texturas se acoplaron al órgano inicial. Era un ritmo constante que explotó en luz.

Lo escuchaba. Era grandioso. Quise correr y esconderme, derribar las murallas que me encerraban. Tocar el fuego entre mis manos. Correr por calles sin nombre hasta perderme en mí mismo.

Todo mi mundo se vio abordado, quebrado. Y entendí que, esa noche, un nuevo rincón de alegría e introspección se había sumado a mi vida. Un momento que buscaría repetir una y otra vez. La canción que me acompañaría y definiría por siempre.



domingo, 16 de mayo de 2021

Crimen en la Pampa (Escritura Improvisada 1)

Un suave viento recorría la llanura, silenciosa ante el rojo amanecer. El camino de tierra atravesaba el inmenso espacio de verdes pastos, apenas inmóviles ante el susurro de la brisa matutina. Las aves atravesaban el cielo cada tanto, dejando pequeños tintes de su canto que se dispersaba rápidamente, hundido bajo la pesada quietud. Apenas inconmovible, sólo el rápido galopar de un caballo asustado rompía el solemne cuadro. 

El caballo avanzaba agitado por el camino. Atravesó un pequeño puente que cruzaba un arroyo, y se internó en una de las pocas arboledas que salpicaban la Pampa. El jinete apuraba el paso del caballo, azuzándolo cada tanto. No estaba menos asustado que la bestia de carga: su hombro izquierdo sangraba por una herida de bala. La apretaba con fuerza, jadeando de dolor. El disparo lo había sorprendido mientras huía de la posada. Sabía que lo seguían, pero tenía la esperanza de haber perdido a su perseguidor. 

Los frondosos árboles se extendían hasta más adelante. El camino de tierra, cercado por unas viejas vallas de madera enmohecida, daba una vuelta por una curva angosta. El caballo se apresuró a recorrer esos últimos metros, cuando un estruendo vibró en la arboleda. La pata delantera del caballo estalló en sangre, y el animal gritó de dolor antes de desplomarse en tierra. El jinete salió impulsado hacia delante, y la tierra lastimó su cara. El nuevo disparo lo había sorprendido. Rápidamente, se levantó y observó a su alrededor. Sentía la mejilla latiendo, caliente. Decenas de pájaros salieron de los oscuros árboles, alarmados por el disparo, gorjeando en diferentes tonalidades. Tras él, el caballo intentaba desesperadamente moverse, relinchando y respirando con fuerza. 

La sangre del jinete se heló. Todo su cuerpo estaba en tensión. ¿Dónde estaba su perseguidor? ¿De dónde fue el disparo? Siguió mirando hacia todas direcciones, volteando rápidamente, esperando ver algún pequeño movimiento, un sonido. Algo que le orientara adonde estaba su enemigo. 

Y entonces, el crujido de un paso a sus espaldas.

No sintió nada. Sólo supo que un fuerte sonido precedió a la visión de sus entrañas siendo expulsadas hacia adelante. Sus piernas se doblaron, sin fuerza para sostener su cuerpo. Parte de su columna vertebral había desaparecido y en su lugar había un agujero que cruzaba su torso, justo a la altura de la cadera. Todo su peso estaba ahora sobre unas extremidades que ya no sentía. Quedó de cara al cielo, sin escuchar nada más sus latidos. Todo era... confuso. 

En ese momento, vio la figura que se acercaba a él.

-¿Quién... quién es usted?- cada palabra que salía de su boca era un esfuerzo que consumía su vida.- Ya... ya no tengo la... carta. No sé dónde está.

La silueta de su asesino (porque ya no importaba su nombre, el jinete ahora sabía que este hombre era quien acabó con su vida), se acercó. Su rostro era más viejo de lo que esperaba: rondaba los cincuenta años, con rasgos duros y una incipiente barba blanca. Un sombrero cubría parte de su rostro, y el resto de su cuerpo se encontraba cubierto por un poncho gris. De este sobresalía el caño de un rifle. 

El hombre lo observó fijamente. Y habló:

-Es usted Joaquín Algaráz. Nacido en Buenos Aires, el 13 de mayo de 1830.

-S...sí- respondió el jinete extrañado. Le costaba respirar.- Ya no tengo la carta... la entregué hace dos días.

-No me importa.

Joaquín le miró sorprendido, y se movió lentamente con dolor. La sangre caliente brotaba de la herida.

-¿Qué? ¿Entonces... entonces por qué...?

-Es usted Joaquín Algaráz. Hace 30 años, sirvió dentro del ejército de Buenos Aires. Participó en la defensa de la ciudad. Pero usted sabe que no es la verdad.

El hombre se acercó tanto a Joaquín que pudo ver sus ojos, inexpresivos, pero extrañamente desbordantes de furia. Los sonidos se apagaban lentamente; los bramidos del caballo sonaban lejanos.

-Usted fue un espía. Le dio información a los hombres de Urquiza- el hombre se acercó más, y con un susurro, dijo- Usted es un traidor.

-No... yo... quién...

¿Cómo? Joaquín hizo un último esfuerzo mental. Nadie lo sabía. Nadie. El se había asegurado. Estaba seguro.

-¿Quién es usted?- preguntó.

El hombre extrajo una cinta roja de su ropa, y la colocó sobre los ojos de Joaquín. Era extrañamente familiar, pero ya el mundo se alejaba de él rápidamente.

Las siguientes palabras fueron las últimas que escuchó.

-Soy el vengador. Muerte a los salvages unitarios.

Joaquín Algaraz murió el 3 de febrero de 1874. Su cuerpo fue encontrado un día después, al lado del cadáver de su caballo, con una diviza punzó en la cara.



sábado, 15 de mayo de 2021

Primeros pasos

Sus pequeñas manos formaron una rosa de papel.
Jugaba sobre una alfombra de color pastel.
Las horas transcurrían sin ser percibidas,
Como un grano de arena en el desierto.

Sus ojos perciben los más sutiles movimientos.
Figuras diminutas se esconden bajo el sillón,
Sombras fugaces bailan bajo el sol de la tarde,
Y la tetera silba chillona, queriendo llamar la atención.

Los cortos pasitos se mueven por la sala.
El mundo es nuevo, los colores brillan.
Los olores llaman, y los sonidos atraen.
Torpemente, el movimiento lleva al descubrimiento.

Sonrisas acompañan al aventurero,
Dos manos le indican el camino.
Es el primer paso en una historia nueva.
Un hito que jamás recordará.



Pensamientos

Contempla la obra en tus manos. 
Dime qué es lo que ves.
Quebraste el hueso y separaste la carne.
Dejaste sin alma a un corazón roto.
No pareció importarte cuando le diste la espalda.
Hiciste oídos sordos a un lamento lejano.

El mármol y la humedad,
Dorados ante el tímido sol otoñal.
Descansan los cuerpos a tu alrededor.
Ya nunca podrás recuperar lo que dejaste ir.
Las risas y los llantos, el deseo y el enojo,
Ya no más.
¿De qué sirvió el silencio?

Una nota que se pierde en el aire
Es olvidada si nadie la escucha.
Las palabras que dijiste
Quedaron marcadas como hierro caliente.
Ni el Segundo ni el Séptimo círculo quisieran recibirte.

El poeta reflexiona. 
Contempla la obra de sus manos.
Es posible que sea demasiado duro.
Es posible que sea injusto.
Giros que estallan en su boca.
Tierra que brota de sus manos.

¿Es el deseo de enmendar más fuerte que la ruptura?




jueves, 5 de noviembre de 2020

Canto a Eouga (extraído de los anales de una era perdida)

Busca. Corre. Vive.
El mundo late con tus pasos.
Eouga escucha tu silencio.
Busca. Corre. Vive.
Eouga protegerá tu sendero,
La sombra no te alcanzará.

Busca. Corre. Vive.
El viento recorrera los campos.
El viento será tu sendero.
Busca. Corre. Vive.
El canto de las amélidas te llamará,
Su morada te recibirá.

Busca. Corre. Vive.
Siente el fuego, siente el agua
La tierra alimentará tu alma.
Busca. Corre. Vive.
Eouga guiará tu camino,
Ningún mal se allegará a ti.

Busca. Corre. Vive.
Mira el mundo, siéntelo en tí.
La música de los pacoyi al alba,
El rugido de los moltros al anochecer.
Las caricias de los priyofs a sus crías,
El lento paso de los tortugrots.
La esplendorosa figura del ave gran,
La misteriosa aureola del Protector.

Busca. Corre. Vive.
Conoce el mundo dentro de tí.
Busca. Corre. Vive.
Eouga no te olvidará,
Nunca.



El canto es extraído de un rito de los Kogna, que es una de las dos tribus que habitan el archipielago de Foltos.
Eouga es la deidad encargada de proteger a el pueblo. Es la más venerada hacia la Edad de las Ruinas. Representa el bien y la familia, y protege a los viajeros. Se encarna en el ave pacoyi, que es un pequeño pájaro blanco que generalmente canta a la madrugada, y cuyo sonido es símbolo de buena suerte.
El rito del que se habla es uno que hacen los exploradores la noche antes de partir. Beben una extraña bebida cuyo nombre los extranjeros no pueden saber, que representa las lágrimas de Eouga en la Guerra que separó a las tribus. Con eso se encomiendan al dios.
Las lágrimas para los kogna son sagradas: para ellos se desprenden del alma misma. La importancia radica en que el alma tiene dos caras, la luminosa y la sombría. Las lágrimas provienen de la cara luminosa, ya que la sensación de tristeza sólo puede sentirla un hombre bueno frente al mal.



Tawantisuyu

Montañas azules que se alzan hacia el cielo,
Cumbres nevadas que se funden con el blanco de las nubes.
El vuelo del gran cóndor, que circula por las avenidas de la gran extensión celeste
Mientras los pueblos honran a la Madre Tierra con su trabajo.
En las paredes de piedra,
En los lagos del altiplano,
En los hermosos Andes.
Bajan hacia el glorioso Tawantisuyu,
El gran imperio del inca,
Donde el maíz dorado ilumina los caminos que unen la tierra.

Parte cada alma hacia Cuzco,
La ciudad de los reyes,
Con la protección de los dioses.
Caminan por la tierra que todo lo da.
La sienten bajo sus pies,
Respira con cada ser vivo.

Cantan los chamanes en lenguas extrañas,
Cantan las gentes de los aiyu cada mañana.
En el glorioso Tawantisuyu,
El gran imperio del inca.

Machu Pichu. Fotografía de Martín Chambi.


domingo, 1 de noviembre de 2020

[Reflexión] Sobre el blog y su futuro

Hace poco más de un mes decidí, entusiasmado, retomar la actividad creativa y darle vida a este blog.

Admito que soy una persona inconstante. Mis energías y mi tiempo suelen concentrarse en un objetivo durante un largo período de tiempo, hasta que el cansancio me juega en contra y termino desistiendo lentamente, como un preludio silencioso antes del cese. Es así. Llevo 25 años de mi vida, y desde que las responsabilidades mismas de la adultez llegaron, muchas veces terminé actuando de esa manera. Aclaro, no me considero irresponsable. Pero suele ocurrir que me termino rindiendo sobre algunas actividades ante la saturación. Este año, tal vez por el contexto que estamos viviendo, de alguna manera u otra muchas de mis actividades han terminado siendo olvidadas por un tiempo. 

Al menos eso es lo que ha ocurrido siempre. Sin embargo, querido/a lector/a, mis intenciones al respecto han cambiado.

Este blog me ha servido como un ancla para el desarrollo creativo de nuevas obras, muchas de ellas pequeñas, pero que me han desafiado a innovar en mis formas y estilos. Cada pequeño poema o cuento se encuentra etiquetado con su año de creación. Y este 2020 pude, en poco más de un mes, escribir tres pequeños cuentos. Eso, admito, es algo que nunca me había pasado. Los finales suelen aterrorizarme, y encarar el final de una historia siempre me desmotiva. Sin embargo, al permitirme jugar con las palabras, con las emociones, los miedos y los paisaje resultantes, pude hacerlo. Un pequeño (gran) logro para un escritor frustrado.

Sea como fuera, y pese a la lastimosa inconstancia (el peso de una actitud que quiero cambiar), es mi deseo que este sea un espacio donde usted pueda encontrar algo. ¿Y qué es ese algo? No sé. Tal vez algo que llame a la reflexión, al sentir o al recordar. O tal vez una palabra, una oración o un texto del cual se pueda apropiar. Puede que pretenda demasiado, y sólo consiga visitas desinteresadas, que en un momento de aburrimiento entren a un link a ver qué hay dentro. La verdad, esas cosas escapan de mi control. 

Pero no deja de ser emocionante.

Espero que, si leíste esto, si llegaste hasta este punto, puedas volver algún día a este blog. Y que siempre puedas llevarte algo de él. Después de todo, ese siempre es el deseo de todo escritor, por más errático que sea.

sábado, 31 de octubre de 2020

9 de julio del 2016 [Fragmento de diario personal]

Ha pasado tiempo desde la última vez. Hoy, todo es distinto.

Estoy sentado en mi silla, escribiendo sobre el escritorio de mi cuarto. Todo está oscuro, salvo por la luz que entra por una parte de mi ventana. Fuera, los olores y sonidos propios de una tarde de invierno en Buenos Aires llegan difusos hacia mis sentidos.

Todo es normal, salvo por una cosa.

Hoy no es un día cualquiera.

Hace 200 años, un grupo de hombres visionarios, políticos, con sueños y pretensiones, firmaron una declaración que libraría a todo un territorio del yugo español y uniría a hombres de distintas etnias  bajo el amparo de una nueva nación: Argentina. Ese día en Tucumán fue el inicio de algo nuevo.

Hoy, 200 años después, con dos siglos de historia y avances a nuestro favor, creo que puedo afirmar que apenas sí hemos avanzado algo. Tal vez únicamente en tecnología.

La humanidad no ha cambiado. Nosotros no hemos cambiado. Y 200 años después de esa histórica emancipación, un joven escribe en su diario, ajeno al mundo exterior.

¿Y en 20 años, cuánto cambié yo?

Mi corazón late con un nuevo aire. Los dolores del pasado son sólo tinta en viejas páginas. Un nuevo sol brilla con toda su calidez. Estoy en una nueva etapa, al igual que esos hombres en Tucumán, hace tanto tiempo.

En nada, saldré a ver a mi novia. Caminaremos y hablaremos. Y el día de hoy pasará. 200 años pasarán. Y algún joven volverá a escribir sobre esto. Porque, ¿qué es el tiempo, más que un irónico círculo?



viernes, 23 de octubre de 2020

Ciclos

Percepción e intensidad. 
El otro por sobre el rasgo más imperceptible. 
Llega el cielo tras mí. 
Rompe las barreras, quiebra el hueso de la soledad. 
Trata sobre el río que llega al mar. 
Como un viaje que nunca va a terminar. 
Caminos, paisaje interestelar. 
Grises que no quiero abandonar. 
Preguntaste dónde está el fin. 
Tras el horizonte carmesí, los polos se encontrarán. 
¿Quién soy yo para juzgar a otro?  

Movimiento e impulso. 
El hombre es la medida de los recuerdos. 
Caemos por un agujero, pero nunca nos importó. 
Somos hijos del vértigo devastador.
Quisimos y perdimos.
Vemos por un prisma que nos guía.
Ojos que deambulan por calles vacías.

Tacto y agresión.
Palabras que lastiman como cuchillos.
Crisis que impiden respirar.
Un encierro, es eterno.
¿Hasta cuándo durará?
Dos sombras corren por la noche.
Pronto los consumirá.

Descanso y energía potencial.
Quisimos ver más allá de lo terrenal.
Es la impotencia de querer ser otro.
Huesos rotos que esperan.
Un corazón que sabe que pronto comenzará a latir.
El ciclo comienza con una mirada.
Percepción e intensidad.





jueves, 8 de octubre de 2020

El bar

Todavía creía que era temprano cuando, sin quererlo, miré de reojo el reloj. Las agujas marcaban las dos y media de la mañana, aunque bien podrían haber sido las diez de la noche. El bar estaba tranquilo, con algunas personas distantes metidas en sus asuntos, ajenas entre sí. La luz, tenue, daba un aspecto confortable. La suave pieza de jazz le añadía una cuota de melancolía al ambiente, mientras que fuera la lluvia caía. El murmullo de las conversaciones en voz baja terminaban de decorar el paisaje auditivo del bar de la esquina Roca, y yo me acomodaba en mi asiento, con mi bebida en la mano, dispuesto a disfrutar de él. Llevaba ahí unas tres horas, tal vez, y había ido solo, como siempre. O casi siempre.

Fuera, la ciudad se encontraba en silencio. La luces de la calle se refractaban en el agua de lluvia, generando un efecto hipnótico. Le di un trago a mi bebida, y me dispuse a observar. El piano y el saxo bailaban en una melodía que invitaba al recuerdo. O tal vez, a relajarse y sentir el momento. Creo que eso depende de cada uno, ¿no? En mi caso, no quería recordar. Así que me dispuse a observar. Ya eran las tres de la mañana, y éramos menos personas en el bar. Cada tanto, algún auto pasaba por la calle, salpicando la vereda. Una pareja hablaba con sus miradas, sentadas en los sillones del fondo. Más cerca mío, un anciano con lentes oscuros leía un libro cuya tapa no alcanzaba a ver; creo que era un libro de Cortázar, pero no lo puedo asegurar. A su izquierda, frente a la ventana, una mujer de unos cincuenta años, vestida con ropa elegante, fumaba con la mirada perdida, mirando ocasionalmente la lluvia antes de volver a sumergirse en sus pensamientos. No había nadie más en el bar, excepto el cantinero, un hombre grande y pelado que se dedicaba a lavar y secar los vasos, y la banda que tocaba sin detenerse, ubicada sobre un escenario pequeño. Los músicos no hablaban entre sí, sino que cada uno se encontraba absorto, tocando sus instrumentos. No había palabras que mediaran, que comunicaran cuál sería la siguiente pieza musical. Simplemente el pianista comenzaba a tocar, y los otros lo seguían. Pasé parte de mi velada contemplando esa silenciosa coordinación. El pianista, un hombre de tez morena, sonreía mientras su cuerpo se balanceaba, como si interpretara la música que sonaba. Los demás, simplemente, tocaban la canción, sin mirar a nadie más, como si ni siquiera se percataran de que tocaban con otros. Pero la música resultante era simbiótica, como si al sacarle aunque fuera uno de los instrumentos, todo el equilibrio pudiera desaparecer.

Me di cuenta de que me había perdido en lo embriagador del bar nuevamente cuando vi el reloj. Eran las tres y cuarenta de la mañana. Mi bebida continuaba entre mis manos, tan llena como cuando la pedí. La miraba fijamente, inquieto por la manera en la que el pasado volvía a mi mente una y otra vez. Observé a mi alrededor, buscando escapar de esas ideas. La luz seguía siendo tenue, y los músicos tocaban, tan absortos como hacía horas. Al fondo, la pareja se miraba. La mujer continuaba fumando, con la mirada perdida, y el viejo leía el libro, aunque parecía que no había avanzado demasiado. El cantinero lavaba los vasos, concentrado en su tarea. Parecía que el tiempo se había congelado en el bar. La oscuridad de la ciudad, fría por la lluvia, hacía que el lugar pareciera un remanso aislado del mundo. La calidez se fundía con las notas del piano y las seductoras sugerencias del saxo. El tiempo pasaba, lo sabía por el reloj, pero bien podría haber pasado toda mi vida allí, solo y pensando, acompañado por ese grupo de personajes de quienes nada sabía, pero con quienes compartía, sin quererlo, un espacio de mi vida. Por un momento, me pregunté quiénes eran, qué los había llevado ahí. 

Las incógnitas escarbaron mi mente, cuando la imagen de ella volvió. El solo recordarla fue como una puñalada en el corazón. Apreté mi bebida con fuerza. ¿Cuánto más podría recordarla? Tal vez para siempre. Tal vez su sombra nunca se iría. Los silencios, las miradas. El momento en que, cobardemente, decidí partir. No, no podía vivir sin superar mis propias decisiones. Mis decisiones. El considerar que yo mismo había sido el causante del dolor era insoportable. Los días que habían pasado desde ese momento me habían encontrado solitario y errante. Fue entonces cuando comencé a venir al bar. Cada noche, pasaba mi tiempo aquí, observando por la ventana. Era aquí donde, por un tiempo, me encontraba conmigo mismo, donde conseguía evadirme. Donde compartía mi tiempo con estas personas que, como yo, parecían no querer escapar de la intemporalidad del ambiente. Sostuve con fuerza mi vaso, y por un tiempo que parecieron cien años, me mantuve inquieto, observándolo, perdiéndome en el líquido incoloro que reposaba inmóvil. ¿Sería capaz de huir de ese pensamiento? ¿Podría escapar de la culpa, del dolor?

¿O existía acaso una posibilidad de volver?

Eran las seis de la mañana cuando tomé el trago. La banda continuaba tocando, y las personas a mi alrededor continuaban tal y como hacía horas, inmersos en sus mundos internos. Tomé mi abrigo, y sin mirar atrás dejé el bar, única luz en una ciudad oscura y lluviosa, decidido a encontrarla. Y nunca más regresé a él.




Música recomendada para leer el cuento:

domingo, 4 de octubre de 2020

La Navidad de Juanito Laguna (cuento + making of)

El sol caía ya sobre los basurales que rodeaban la villa, cuando Juanito Laguna emprendió el viaje de vuelta a su casa. Caminaba tan rápido como le permitían sus piernas, alentado por la emoción que le producía el solo pensar en lo especial que iba a ser esa noche, la cual, como cualquier niño, esperaba con ansias durante todo el año. 

Mientras recorría rápidamente los conocidos montones de basura, aquellos en los cuales había jugado toda su vida, comenzó a distinguir cada vez más cerca la villa en la que estaba su hogar. Se detuvo un segundo, y observó por enésima vez ese paisaje que tanto conocía: la villa, con sus casas humildes, a veces demasiado, se extendía frente a él. Dentro, cientos de personas vivían amontonadas, luchando por subsistir en una ciudad donde no se les daba ni la atención ni las oportunidades que tanto anhelaban y necesitaban. Y por detrás, se alzaban los grandes edificios. Juanito jamás había estado dentro de uno de ellos,  en donde se contaba que había muchas comodidades, propias de las que tenía la “gente con suerte”, como les decía él.   

Al internarse en el lugar, saludó rápidamente a aquellos conocidos  a los que se cruzaba, y se dirigió directamente hacia su casa. Cuando llegó, ya era de noche, y la luna era bien visible en el cielo. Junto a ellas, se distinguían algunas estrellas, las pocas que todavía no habían sido consumidas por la luz de la ciudad.   

La pequeña habitación donde se reunió la familia era para el niño lo más confortable que había en el mundo. Con su piso de tierra y sus paredes de chapa, causaba en Juanito esa sensación de calidez que solo proporciona un hogar. Hacía calor, por lo que la puerta se encontraba abierta, al igual que las ventanas. Y la tenue luz de la lámpara de querosén ubicada en el centro del lugar brindaba una extraña sensación, mezcla de  melancolía y clima de fiesta. En el medio del carenciado cuarto se encontraba una vieja mesa, de esas que uno no sabe cuando llegó, solo que siempre estuvo ahí, y su pobre estado daba la sensación de que en verdad era cierto. Solo una de sus patas era la original; el resto habían sido añadidas con el tiempo. A su alrededor, se reunía la familia, dispuesta a comer la cena preparada para esa noche: un pan dulce, y para beber, una Coca Cola para los niños, y una sidra para los grandes. Juanito se encontraba profundamente complacido. Aquella cena era sin duda la más deliciosa de todo el año. Tratando de saborear cada bocado, comenzó a mirar, cada vez más atentamente, el reloj, esperando que las agujas marcaran las doce en punto. 

Poco a poco, la hora tan esperada llego, y el reloj dio las doce. La familia brindó con sus pequeños vasitos, y los niños recibieron, cada uno, su regalo. Y una vez recibido, salieron corriendo afuera a jugar. Y mientras, los fuegos artificiales iluminaron el cielo, creando formas y colores que deslumbraron los ojos de los hermanos. 

Juanito pasó una noche que sería recordada toda su vida. Como todos aquellos momentos felices de su vida que contrastaban con su miseria de todos los días. 

"La Navidad de Juanito Laguna". Óleo sobre arpillera, obra de Antonio Berni. 1961.



Sobre el cuento (o un intento de making of).

El cuento que acaban de leer fue escrito hace ya siete años, cuando en mi último año del secundario se nos pidió que elaboremos un cuento basado en una obra de arte. De las obras disponibles, llamó mi atención el cuadro de Antonio Berni, "La Navidad de Juanito Laguna", que pueden ver más arriba. No recuerdo qué fue lo que me impactó de esa composición, pero sé que, con entusiasmo, procuré redactar el cuento. Me inspiré en el cuadro en sí, pero traté de pensar cuál sería la historia tras la imagen. ¿Qué significaba esa Navidad para Juanito? Con esa idea en mente, fui lentamente construyendo el relato. Fue un proceso tortuoso. Lo escribí y reescribí varias veces, con la presión de que en sólo una semana tendría que leerlo frente a mis compañeros. El sufrimiento del perfeccionista, se podría decir. Noche tras noche, dedicaba al menos una hora a pensar el cuento. A retocarlo. A ver cómo podía ser mejor. 

Hoy pienso que el resultado no era malo. Quiero decir, este era tal vez el cuarto cuento que escribía en toda mi vida, producto más del esfuerzo que de la habilidad. ¿Pero quién podría convencerme de eso? En esos años, la mera idea de pasar al frente del curso me provocaba pavor. Imagínense sí, además, tenía que hacerlo con un cuento propio en mano. Las inseguridades de la adolescencia, supongo.

Igualmente, con el tiempo el cuento tomó forma. No era una gran producción, pero me sentía orgulloso del resultado. Si bien la exposición fue un desastre (los nervios me jugaron un mal momento, principalmente por perder la fe en mi propio trabajo enfrente de todos y presentarlo como algo simple), hoy lo guardo con cierto cariño. Si bien al releerlo no dejo de sentir esa sensación del momento que ya describí, y con el paso de los años algunas personas opinaron (no sin razón) que al final le faltaba impacto, hoy me propuse a compartirlo. Tal vez porque quiero legitimar una partecita de mi pasado, o tal vez porque no pude escribir el cuento que pensaba subir hoy. Puede que sea una mezcla de ambas cosas. Sin embargo, quisiera dejar un par de ideas:
  1. No tenemos que avergonzarnos de nuestras producciones. Lo que escribimos no deja de ser un retazo de nosotros mismos. Y eso hay que valorarlo, independientemente del resultado de nuestra obra.
  2. Siempre se puede mejorar, pero no por eso debemos criticar de más nuestras obras. Todo podría ser mejor, pero la grandeza se llega a través de un camino. ¿Importa si algo que hicimos no sale como esperábamos? ¡No! Es un aprendizaje, un paso más hacia mayores habilidades.
Tal vez sea por eso que hoy subo este cuento. Al igual que buena parte de las obras viejas que subí, "La Navidad de Juanito Laguna" es una parte de ese yo adolescente que, aunque temeroso, quiso contar una historia. 

No es algo que pretenda olvidar jamás.

sábado, 3 de octubre de 2020

Esperanza ante la muerte

Entre ojos inyectados en sangre, un cuerpo marchito clama.
El silencio lo recubre, y sus manos se entrelazan en una última señal de paz.
Bajo la penumbra de la vida un último suspiro se funde con el aire.
¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo el olvido de la muerte perforará la carne?
 
Los recuerdos se borran y el hombre descansa.
Sus luchas, amores y fatigas, cada historia sin contar
Ya no son más que un eco perdido, una canción que nunca se cantará.
 
En su último lecho el hombre ha de esperar
Esa mañana gloriosa, cuando con júbilo despertará.
Y en eterna juventud junto a Él morará.
¡Descansa ya, buen hombre! ¡Pronto el día llegará!


En recuerdo de los que se fueron, pero esperamos volver a ver.


viernes, 2 de octubre de 2020

Vida de una gota de lluvia

El nacimiento de la gota, pequeña e imperceptible, fue precedida por un trueno que sacudió el monte.

La gota nada sabía de su existencia previa, antes de condensarse y tomar forma, pero eso poco importaba. Ella no tenía control de su nacimiento, ni de su muerte. Tampoco podría decidir el trayecto de su caída, ni qué le ocurriría una vez hubiera impactado en el algún lugar del monte chaqueño. Una gota no tiene voz en su existencia: nadie le pregunta qué quiere hacer, es sólo una pequeña parte en un fenómeno más grande. Apenas existe por unos segundos, y no destaca entre sus miles de hermanas. Pero es única, irrepetible en espacio y el tiempo. Y esta gota, pequeña como era, adquirió peso y se desprendió de la nube que había sido su cuna, su casa y todo lo que había conocido. 

Y cayó.

La caída fue rápida, si lo vemos con ojos humanos, pero para una gota la caída lo es todo. Es un día, una semana y cien años. Es la juventud y la vejez, la realización y consumación. La caída, para esta gota, duró mucho tiempo. Cada centímetro avanzado en dirección a la tierra abría nuevos panoramas en su visión del mundo. Formas que nunca había visto ni volvería a ver se formaron ante ella, formas vivas e inertes, que conforman todo cuanto es natural del mundo. La gota, impulsada por fuerzas que no podía controlar, observó todo cuanto pudo. Este era su momento, su eternidad. 

Antes de lo que hubiera querido, la tierra se fue haciendo cada vez más cercana, como si reclamara algo que por derecho le perteneciera. La gota cayó con fuerza, dejada a la inevitabilidad de lo que iba a ocurrir. Pero una rama se interpuso entre ella y su destino. La sorpresa la embargó: no era algo que esperara. Apenas tardó unos segundos en comprender que todavía existía. Sus hermanas caían a su alrededor, directamente al suelo. Pero ella no: continuaba en las ramas, deslizándose, sintiendo la rugosidad de la madera y la suavidad de las hojas. Estaba viva, podía existir, al menos un tiempo más. Se le había dado una posibilidad que muchas de sus hermanas no tenían, y la gota lo aprovechó. Avanzó con lentitud, sin control de su movimiento, pero con una expectativa que avanzaba a cada segundo. Y así llego al borde de la rama, colgando de la hoja más lejana. Vio el mundo, sus abundantes bosques, y al cielo despejándose tras el monte, los rayos de sol recortados entre los árboles. El instante fue todo para la gota. Y eso le bastó. 

La gota se desprendió del árbol. Lo último que sintió fue que se mezclaba con sus hermanas en un charco, antes de que la tierra la absorbiera.