jueves, 5 de noviembre de 2020
Canto a Eouga (extraído de los anales de una era perdida)
Tawantisuyu
| Machu Pichu. Fotografía de Martín Chambi. |
domingo, 1 de noviembre de 2020
[Reflexión] Sobre el blog y su futuro
Hace poco más de un mes decidí, entusiasmado, retomar la actividad creativa y darle vida a este blog.
Admito que soy una persona inconstante. Mis energías y mi tiempo suelen concentrarse en un objetivo durante un largo período de tiempo, hasta que el cansancio me juega en contra y termino desistiendo lentamente, como un preludio silencioso antes del cese. Es así. Llevo 25 años de mi vida, y desde que las responsabilidades mismas de la adultez llegaron, muchas veces terminé actuando de esa manera. Aclaro, no me considero irresponsable. Pero suele ocurrir que me termino rindiendo sobre algunas actividades ante la saturación. Este año, tal vez por el contexto que estamos viviendo, de alguna manera u otra muchas de mis actividades han terminado siendo olvidadas por un tiempo.
Al menos eso es lo que ha ocurrido siempre. Sin embargo, querido/a lector/a, mis intenciones al respecto han cambiado.
Este blog me ha servido como un ancla para el desarrollo creativo de nuevas obras, muchas de ellas pequeñas, pero que me han desafiado a innovar en mis formas y estilos. Cada pequeño poema o cuento se encuentra etiquetado con su año de creación. Y este 2020 pude, en poco más de un mes, escribir tres pequeños cuentos. Eso, admito, es algo que nunca me había pasado. Los finales suelen aterrorizarme, y encarar el final de una historia siempre me desmotiva. Sin embargo, al permitirme jugar con las palabras, con las emociones, los miedos y los paisaje resultantes, pude hacerlo. Un pequeño (gran) logro para un escritor frustrado.
Sea como fuera, y pese a la lastimosa inconstancia (el peso de una actitud que quiero cambiar), es mi deseo que este sea un espacio donde usted pueda encontrar algo. ¿Y qué es ese algo? No sé. Tal vez algo que llame a la reflexión, al sentir o al recordar. O tal vez una palabra, una oración o un texto del cual se pueda apropiar. Puede que pretenda demasiado, y sólo consiga visitas desinteresadas, que en un momento de aburrimiento entren a un link a ver qué hay dentro. La verdad, esas cosas escapan de mi control.
Pero no deja de ser emocionante.
Espero que, si leíste esto, si llegaste hasta este punto, puedas volver algún día a este blog. Y que siempre puedas llevarte algo de él. Después de todo, ese siempre es el deseo de todo escritor, por más errático que sea.
sábado, 31 de octubre de 2020
9 de julio del 2016 [Fragmento de diario personal]
Ha pasado tiempo desde la última vez. Hoy, todo es distinto.
Estoy sentado en mi silla,
escribiendo sobre el escritorio de mi cuarto. Todo está oscuro, salvo por la
luz que entra por una parte de mi ventana. Fuera, los olores y sonidos propios
de una tarde de invierno en Buenos Aires llegan difusos hacia mis sentidos.
Todo es normal, salvo por una
cosa.
Hoy no es un día cualquiera.
Hace 200 años, un grupo de
hombres visionarios, políticos, con sueños y pretensiones, firmaron una
declaración que libraría a todo un territorio del yugo español y uniría a
hombres de distintas etnias bajo el
amparo de una nueva nación: Argentina. Ese día en Tucumán fue el inicio de algo
nuevo.
Hoy, 200 años después, con dos
siglos de historia y avances a nuestro favor, creo que puedo afirmar que apenas
sí hemos avanzado algo. Tal vez únicamente en tecnología.
La humanidad no ha cambiado.
Nosotros no hemos cambiado. Y 200 años después de esa histórica emancipación,
un joven escribe en su diario, ajeno al mundo exterior.
¿Y en 20 años, cuánto cambié yo?
Mi corazón late con un nuevo
aire. Los dolores del pasado son sólo tinta en viejas páginas. Un nuevo sol
brilla con toda su calidez. Estoy en una nueva etapa, al igual que esos hombres
en Tucumán, hace tanto tiempo.
En nada, saldré a ver a mi novia.
Caminaremos y hablaremos. Y el día de hoy pasará. 200 años
pasarán. Y algún joven volverá a escribir sobre esto. Porque, ¿qué es el
tiempo, más que un irónico círculo?
viernes, 23 de octubre de 2020
Ciclos
jueves, 8 de octubre de 2020
El bar
domingo, 4 de octubre de 2020
La Navidad de Juanito Laguna (cuento + making of)
![]() |
| "La Navidad de Juanito Laguna". Óleo sobre arpillera, obra de Antonio Berni. 1961. |
Sobre el cuento (o un intento de making of).
- No tenemos que avergonzarnos de nuestras producciones. Lo que escribimos no deja de ser un retazo de nosotros mismos. Y eso hay que valorarlo, independientemente del resultado de nuestra obra.
- Siempre se puede mejorar, pero no por eso debemos criticar de más nuestras obras. Todo podría ser mejor, pero la grandeza se llega a través de un camino. ¿Importa si algo que hicimos no sale como esperábamos? ¡No! Es un aprendizaje, un paso más hacia mayores habilidades.
sábado, 3 de octubre de 2020
Esperanza ante la muerte
viernes, 2 de octubre de 2020
Vida de una gota de lluvia
El nacimiento de la gota, pequeña e imperceptible, fue precedida por un trueno que sacudió el monte.
La gota nada sabía de su existencia previa, antes de condensarse y tomar forma, pero eso poco importaba. Ella no tenía control de su nacimiento, ni de su muerte. Tampoco podría decidir el trayecto de su caída, ni qué le ocurriría una vez hubiera impactado en el algún lugar del monte chaqueño. Una gota no tiene voz en su existencia: nadie le pregunta qué quiere hacer, es sólo una pequeña parte en un fenómeno más grande. Apenas existe por unos segundos, y no destaca entre sus miles de hermanas. Pero es única, irrepetible en espacio y el tiempo. Y esta gota, pequeña como era, adquirió peso y se desprendió de la nube que había sido su cuna, su casa y todo lo que había conocido.
Y cayó.
La caída fue rápida, si lo vemos con ojos humanos, pero para una gota la caída lo es todo. Es un día, una semana y cien años. Es la juventud y la vejez, la realización y consumación. La caída, para esta gota, duró mucho tiempo. Cada centímetro avanzado en dirección a la tierra abría nuevos panoramas en su visión del mundo. Formas que nunca había visto ni volvería a ver se formaron ante ella, formas vivas e inertes, que conforman todo cuanto es natural del mundo. La gota, impulsada por fuerzas que no podía controlar, observó todo cuanto pudo. Este era su momento, su eternidad.
Antes de lo que hubiera querido, la tierra se fue haciendo cada vez más cercana, como si reclamara algo que por derecho le perteneciera. La gota cayó con fuerza, dejada a la inevitabilidad de lo que iba a ocurrir. Pero una rama se interpuso entre ella y su destino. La sorpresa la embargó: no era algo que esperara. Apenas tardó unos segundos en comprender que todavía existía. Sus hermanas caían a su alrededor, directamente al suelo. Pero ella no: continuaba en las ramas, deslizándose, sintiendo la rugosidad de la madera y la suavidad de las hojas. Estaba viva, podía existir, al menos un tiempo más. Se le había dado una posibilidad que muchas de sus hermanas no tenían, y la gota lo aprovechó. Avanzó con lentitud, sin control de su movimiento, pero con una expectativa que avanzaba a cada segundo. Y así llego al borde de la rama, colgando de la hoja más lejana. Vio el mundo, sus abundantes bosques, y al cielo despejándose tras el monte, los rayos de sol recortados entre los árboles. El instante fue todo para la gota. Y eso le bastó.
La gota se desprendió del árbol. Lo último que sintió fue que se mezclaba con sus hermanas en un charco, antes de que la tierra la absorbiera.
jueves, 1 de octubre de 2020
La sombra
La percepción de que el momento de su muerte estaba cerca hizo que el hombre, sentado en el interior de su auto, rodeado por una espesa lluvia de verano, se aferrara al volante con la misma fuerza que se aferraba a la vida. No estaba herido todavía, pero sabía que lo que fuera que pasara, estaba próximo a ocurrir. Lo había visto. Toda su vida lo había temido. Y ahora, perdido en una ruta del interior, sin más que su propia respiración perdiéndose en el ruido de las pesadas gotas que impactaban contra la ventana del auto, era consciente de la misma inevitabilidad de los acontecimiento. Se preguntaba cómo, cómo había sido capaz de permitir que ocurriera, cómo no pudo evitarlo. Pero ya era tarde para preguntas. El cuero del asiento lo absorbía, como si supiera que era la última vez que su dueño se iba a sentar sobre él. Su corazón latía como si quisiera escapar de su cuerpo y no ser testigo de una muerte prematura. El aire espeso de la mañana se condensaba con cada exhalación cargada del único sentimiento que el ser humano no puede evitar sentir en algún momento de su triste y solitaria existencia: miedo. Miedo a la muerte, miedo a mirar a los ojos a su asesino y sentir como cada intento por permanecer vivo era una esfuerzo inútil por prolongar una vida que acababa de ser condenada al olvido, a volver a ser parte del polvo de la tierra. No, no podía ser, se decía. Se lo repetía a sí mismo con tanta vehemencia que parecía que sus pensamientos ya no tenían forma ni surgían de él, sino que parecían voces de almas perdidas que le advertían de la urgencia del momento. Voces que sabían lo mismo que él, que su hora había llegado.
El miedo ahora cedía al terror, y el hombre vislumbró, a lo lejos, la sombra maldita que había visto tantas veces en sueños. Esa sombra con forma humana que nunca se dejaba ver, pero que siempre estaba ahí. Que siempre estaba presente, en sus paisajes oníricos de la infancia, en los momentos de paz que la mente crea cuando el cuerpo descansa por las noches. Lo acompañó toda su vida, como una amenaza latente de un momento futuro que algún día iba a ser presente. Y ahora se acercaba, casi invisible entre la lluvia, escurridiza como el agua que corría entre las ruedas del auto. Pero estaba ahí. Cercana, silenciosa. Era la sombra, el miedo que se oculta en la mente de todos los seres humanos. Y al verla de cerca, el hombre gritó. Era un grito de rabia, de pánico y de impotencia. La sombra, hija de todos los males, ahora estaba frente a él, erguida e inmóvil. Los segundos parecían eternos, y el hombre trató de huir. Pero su cuerpo ya no le respondía. Supo entonces que este era el momento. Y gritó, gritó como nunca había pensado que podría hacerlo, e incluso más, mientras sentía como la sombra lo envolvía, quitando la vida de su cuerpo.
El grito hizo eco en la habitación, y el hombre despertó. Se aferraba a las sábanas, transpirado y aturdido. Sentía aún el frío mortal cuando fue consciente de que no estaba en un auto, sólo y perdido. Estaba en su cuarto, sentado en su cama, protegido de la lluvia que golpeaba con fuerza sus ventanas en esa noche. El alivio fue instantáneo, y su cuerpo se relajó. Todo estaba bien, se repitió varias veces. Se recostó, envuelto en sus sábanas, y apoyó su cabeza sobre la almohada. Sus ojos, seducidos nuevamente por el sueño, se cerraron unos minutos después. Y el hombre descansó, inmerso en sueños que nunca recordaría. Por esa noche no supo más nada, ni sitió la mirada que, desde las sombras, no dejaría de vigilarlo toda su vida.
miércoles, 30 de septiembre de 2020
[Reflexión] ¿Qué escribir cuando no hay inspiración?
Recuerdo
martes, 29 de septiembre de 2020
Los olvidados
lunes, 28 de septiembre de 2020
Soledad en una tarde de otoño (en tiempos de cuarentena)

Poema viejo
Este blog lo creé hace ya seis años. En su momento, fue pensado como un sitio en el cual compartir mis pequeñas producciones, pero poco a poco fue quedando en el olvido (aunque lo cierto es que fue un olvido más rápido de lo que aparenta a priori, puesto que apenas subí siete entradas en dos meses antes de abandonar el proyecto).
Pese a su fugaz existencia, representó una pincelada de mí. Una demostración de quién era yo en ese momento, un joven que atravesaba el cambio de secundaria a universidad, pero también de quién había sido: puede verse que en varias entradas de ese tiempo expreso que el poema subido no era precisamente reciente, sino que había sido hecho incluso antes, en plena adolescencia.
Sin embargo, hace tan sólo un día, indagando por internet en mi tiempo libre redescubrí este pequeño rincón de mi pasado. Ahí encontré mis viejos escritos, vivos todavía dentro de la inmensidad de la web. Y entre ellos, una publicación en borrador que contenía uno de mis primeros poemas (si es que acaso puede recibir esa categoría, aunque supongo que no debería ser tan exigente con mi yo del pasado), el cual escribí con 14 años.
Desconozco la razón que me impulsó en el momento el querer compartir esto, teniendo en cuenta que ya en ese entonces era un poema viejo. Es sin ninguna duda algo que escribí en uno de esos melancólicos momentos que atraviesan la adolescencia, cuando, encerrado en mi cuarto, en mi mundo, me permitía expresar aquello que pasaba por mi mente y mi corazón. Hoy lo veo como poco más que una curiosidad, y por más que excavo en mis recuerdos no logro discernir qué habrá sido el disparador de su escritura. Pero, por más que me cause cierta vergüenza ajena (¿se puede hablar de nuestro pasado como si fuera otra persona?), creo que es justo culminar la tarea de publicación que inicié en ese momento.
El poema no es nada grandioso. Pero fue lo suficientemente valioso como para querer preservarlo. Quien fui me hizo quien soy ahora, y sin esos primeros poemas tal vez no me animaría a escribir hoy. Así que se lo debo a mi yo adolescente. Después de todo, no hay que olvidar nuestro pasado.
Alba

Antes del hoy

Pensamientos de un hombre frente al mar
Noche. Esa simple palabra describía a la perfección ese instante en el día de Alejandro. Las estrellas brillaban tenuemente en un cielo tan oscuro como la mismísima morada de Cerbero, y en la tierra las brillantes y numerosas luces artificiales daban un poco de sosiego a quienes se preparaban para dormir. El silencio recorría las calles, como una ola de susurros que pronto habría de extinguirse. El día había terminado, sí. Y Alejando observaba a la noche desde su balcón, sentado en una vieja silla blanca, mientras tarareaba una vieja canción que hacía poco había redescubierto.

Ocaso











