jueves, 5 de noviembre de 2020

Canto a Eouga (extraído de los anales de una era perdida)

Busca. Corre. Vive.
El mundo late con tus pasos.
Eouga escucha tu silencio.
Busca. Corre. Vive.
Eouga protegerá tu sendero,
La sombra no te alcanzará.

Busca. Corre. Vive.
El viento recorrera los campos.
El viento será tu sendero.
Busca. Corre. Vive.
El canto de las amélidas te llamará,
Su morada te recibirá.

Busca. Corre. Vive.
Siente el fuego, siente el agua
La tierra alimentará tu alma.
Busca. Corre. Vive.
Eouga guiará tu camino,
Ningún mal se allegará a ti.

Busca. Corre. Vive.
Mira el mundo, siéntelo en tí.
La música de los pacoyi al alba,
El rugido de los moltros al anochecer.
Las caricias de los priyofs a sus crías,
El lento paso de los tortugrots.
La esplendorosa figura del ave gran,
La misteriosa aureola del Protector.

Busca. Corre. Vive.
Conoce el mundo dentro de tí.
Busca. Corre. Vive.
Eouga no te olvidará,
Nunca.



El canto es extraído de un rito de los Kogna, que es una de las dos tribus que habitan el archipielago de Foltos.
Eouga es la deidad encargada de proteger a el pueblo. Es la más venerada hacia la Edad de las Ruinas. Representa el bien y la familia, y protege a los viajeros. Se encarna en el ave pacoyi, que es un pequeño pájaro blanco que generalmente canta a la madrugada, y cuyo sonido es símbolo de buena suerte.
El rito del que se habla es uno que hacen los exploradores la noche antes de partir. Beben una extraña bebida cuyo nombre los extranjeros no pueden saber, que representa las lágrimas de Eouga en la Guerra que separó a las tribus. Con eso se encomiendan al dios.
Las lágrimas para los kogna son sagradas: para ellos se desprenden del alma misma. La importancia radica en que el alma tiene dos caras, la luminosa y la sombría. Las lágrimas provienen de la cara luminosa, ya que la sensación de tristeza sólo puede sentirla un hombre bueno frente al mal.



Tawantisuyu

Montañas azules que se alzan hacia el cielo,
Cumbres nevadas que se funden con el blanco de las nubes.
El vuelo del gran cóndor, que circula por las avenidas de la gran extensión celeste
Mientras los pueblos honran a la Madre Tierra con su trabajo.
En las paredes de piedra,
En los lagos del altiplano,
En los hermosos Andes.
Bajan hacia el glorioso Tawantisuyu,
El gran imperio del inca,
Donde el maíz dorado ilumina los caminos que unen la tierra.

Parte cada alma hacia Cuzco,
La ciudad de los reyes,
Con la protección de los dioses.
Caminan por la tierra que todo lo da.
La sienten bajo sus pies,
Respira con cada ser vivo.

Cantan los chamanes en lenguas extrañas,
Cantan las gentes de los aiyu cada mañana.
En el glorioso Tawantisuyu,
El gran imperio del inca.

Machu Pichu. Fotografía de Martín Chambi.


domingo, 1 de noviembre de 2020

[Reflexión] Sobre el blog y su futuro

Hace poco más de un mes decidí, entusiasmado, retomar la actividad creativa y darle vida a este blog.

Admito que soy una persona inconstante. Mis energías y mi tiempo suelen concentrarse en un objetivo durante un largo período de tiempo, hasta que el cansancio me juega en contra y termino desistiendo lentamente, como un preludio silencioso antes del cese. Es así. Llevo 25 años de mi vida, y desde que las responsabilidades mismas de la adultez llegaron, muchas veces terminé actuando de esa manera. Aclaro, no me considero irresponsable. Pero suele ocurrir que me termino rindiendo sobre algunas actividades ante la saturación. Este año, tal vez por el contexto que estamos viviendo, de alguna manera u otra muchas de mis actividades han terminado siendo olvidadas por un tiempo. 

Al menos eso es lo que ha ocurrido siempre. Sin embargo, querido/a lector/a, mis intenciones al respecto han cambiado.

Este blog me ha servido como un ancla para el desarrollo creativo de nuevas obras, muchas de ellas pequeñas, pero que me han desafiado a innovar en mis formas y estilos. Cada pequeño poema o cuento se encuentra etiquetado con su año de creación. Y este 2020 pude, en poco más de un mes, escribir tres pequeños cuentos. Eso, admito, es algo que nunca me había pasado. Los finales suelen aterrorizarme, y encarar el final de una historia siempre me desmotiva. Sin embargo, al permitirme jugar con las palabras, con las emociones, los miedos y los paisaje resultantes, pude hacerlo. Un pequeño (gran) logro para un escritor frustrado.

Sea como fuera, y pese a la lastimosa inconstancia (el peso de una actitud que quiero cambiar), es mi deseo que este sea un espacio donde usted pueda encontrar algo. ¿Y qué es ese algo? No sé. Tal vez algo que llame a la reflexión, al sentir o al recordar. O tal vez una palabra, una oración o un texto del cual se pueda apropiar. Puede que pretenda demasiado, y sólo consiga visitas desinteresadas, que en un momento de aburrimiento entren a un link a ver qué hay dentro. La verdad, esas cosas escapan de mi control. 

Pero no deja de ser emocionante.

Espero que, si leíste esto, si llegaste hasta este punto, puedas volver algún día a este blog. Y que siempre puedas llevarte algo de él. Después de todo, ese siempre es el deseo de todo escritor, por más errático que sea.

sábado, 31 de octubre de 2020

9 de julio del 2016 [Fragmento de diario personal]

Ha pasado tiempo desde la última vez. Hoy, todo es distinto.

Estoy sentado en mi silla, escribiendo sobre el escritorio de mi cuarto. Todo está oscuro, salvo por la luz que entra por una parte de mi ventana. Fuera, los olores y sonidos propios de una tarde de invierno en Buenos Aires llegan difusos hacia mis sentidos.

Todo es normal, salvo por una cosa.

Hoy no es un día cualquiera.

Hace 200 años, un grupo de hombres visionarios, políticos, con sueños y pretensiones, firmaron una declaración que libraría a todo un territorio del yugo español y uniría a hombres de distintas etnias  bajo el amparo de una nueva nación: Argentina. Ese día en Tucumán fue el inicio de algo nuevo.

Hoy, 200 años después, con dos siglos de historia y avances a nuestro favor, creo que puedo afirmar que apenas sí hemos avanzado algo. Tal vez únicamente en tecnología.

La humanidad no ha cambiado. Nosotros no hemos cambiado. Y 200 años después de esa histórica emancipación, un joven escribe en su diario, ajeno al mundo exterior.

¿Y en 20 años, cuánto cambié yo?

Mi corazón late con un nuevo aire. Los dolores del pasado son sólo tinta en viejas páginas. Un nuevo sol brilla con toda su calidez. Estoy en una nueva etapa, al igual que esos hombres en Tucumán, hace tanto tiempo.

En nada, saldré a ver a mi novia. Caminaremos y hablaremos. Y el día de hoy pasará. 200 años pasarán. Y algún joven volverá a escribir sobre esto. Porque, ¿qué es el tiempo, más que un irónico círculo?



viernes, 23 de octubre de 2020

Ciclos

Percepción e intensidad. 
El otro por sobre el rasgo más imperceptible. 
Llega el cielo tras mí. 
Rompe las barreras, quiebra el hueso de la soledad. 
Trata sobre el río que llega al mar. 
Como un viaje que nunca va a terminar. 
Caminos, paisaje interestelar. 
Grises que no quiero abandonar. 
Preguntaste dónde está el fin. 
Tras el horizonte carmesí, los polos se encontrarán. 
¿Quién soy yo para juzgar a otro?  

Movimiento e impulso. 
El hombre es la medida de los recuerdos. 
Caemos por un agujero, pero nunca nos importó. 
Somos hijos del vértigo devastador.
Quisimos y perdimos.
Vemos por un prisma que nos guía.
Ojos que deambulan por calles vacías.

Tacto y agresión.
Palabras que lastiman como cuchillos.
Crisis que impiden respirar.
Un encierro, es eterno.
¿Hasta cuándo durará?
Dos sombras corren por la noche.
Pronto los consumirá.

Descanso y energía potencial.
Quisimos ver más allá de lo terrenal.
Es la impotencia de querer ser otro.
Huesos rotos que esperan.
Un corazón que sabe que pronto comenzará a latir.
El ciclo comienza con una mirada.
Percepción e intensidad.





jueves, 8 de octubre de 2020

El bar

Todavía creía que era temprano cuando, sin quererlo, miré de reojo el reloj. Las agujas marcaban las dos y media de la mañana, aunque bien podrían haber sido las diez de la noche. El bar estaba tranquilo, con algunas personas distantes metidas en sus asuntos, ajenas entre sí. La luz, tenue, daba un aspecto confortable. La suave pieza de jazz le añadía una cuota de melancolía al ambiente, mientras que fuera la lluvia caía. El murmullo de las conversaciones en voz baja terminaban de decorar el paisaje auditivo del bar de la esquina Roca, y yo me acomodaba en mi asiento, con mi bebida en la mano, dispuesto a disfrutar de él. Llevaba ahí unas tres horas, tal vez, y había ido solo, como siempre. O casi siempre.

Fuera, la ciudad se encontraba en silencio. La luces de la calle se refractaban en el agua de lluvia, generando un efecto hipnótico. Le di un trago a mi bebida, y me dispuse a observar. El piano y el saxo bailaban en una melodía que invitaba al recuerdo. O tal vez, a relajarse y sentir el momento. Creo que eso depende de cada uno, ¿no? En mi caso, no quería recordar. Así que me dispuse a observar. Ya eran las tres de la mañana, y éramos menos personas en el bar. Cada tanto, algún auto pasaba por la calle, salpicando la vereda. Una pareja hablaba con sus miradas, sentadas en los sillones del fondo. Más cerca mío, un anciano con lentes oscuros leía un libro cuya tapa no alcanzaba a ver; creo que era un libro de Cortázar, pero no lo puedo asegurar. A su izquierda, frente a la ventana, una mujer de unos cincuenta años, vestida con ropa elegante, fumaba con la mirada perdida, mirando ocasionalmente la lluvia antes de volver a sumergirse en sus pensamientos. No había nadie más en el bar, excepto el cantinero, un hombre grande y pelado que se dedicaba a lavar y secar los vasos, y la banda que tocaba sin detenerse, ubicada sobre un escenario pequeño. Los músicos no hablaban entre sí, sino que cada uno se encontraba absorto, tocando sus instrumentos. No había palabras que mediaran, que comunicaran cuál sería la siguiente pieza musical. Simplemente el pianista comenzaba a tocar, y los otros lo seguían. Pasé parte de mi velada contemplando esa silenciosa coordinación. El pianista, un hombre de tez morena, sonreía mientras su cuerpo se balanceaba, como si interpretara la música que sonaba. Los demás, simplemente, tocaban la canción, sin mirar a nadie más, como si ni siquiera se percataran de que tocaban con otros. Pero la música resultante era simbiótica, como si al sacarle aunque fuera uno de los instrumentos, todo el equilibrio pudiera desaparecer.

Me di cuenta de que me había perdido en lo embriagador del bar nuevamente cuando vi el reloj. Eran las tres y cuarenta de la mañana. Mi bebida continuaba entre mis manos, tan llena como cuando la pedí. La miraba fijamente, inquieto por la manera en la que el pasado volvía a mi mente una y otra vez. Observé a mi alrededor, buscando escapar de esas ideas. La luz seguía siendo tenue, y los músicos tocaban, tan absortos como hacía horas. Al fondo, la pareja se miraba. La mujer continuaba fumando, con la mirada perdida, y el viejo leía el libro, aunque parecía que no había avanzado demasiado. El cantinero lavaba los vasos, concentrado en su tarea. Parecía que el tiempo se había congelado en el bar. La oscuridad de la ciudad, fría por la lluvia, hacía que el lugar pareciera un remanso aislado del mundo. La calidez se fundía con las notas del piano y las seductoras sugerencias del saxo. El tiempo pasaba, lo sabía por el reloj, pero bien podría haber pasado toda mi vida allí, solo y pensando, acompañado por ese grupo de personajes de quienes nada sabía, pero con quienes compartía, sin quererlo, un espacio de mi vida. Por un momento, me pregunté quiénes eran, qué los había llevado ahí. 

Las incógnitas escarbaron mi mente, cuando la imagen de ella volvió. El solo recordarla fue como una puñalada en el corazón. Apreté mi bebida con fuerza. ¿Cuánto más podría recordarla? Tal vez para siempre. Tal vez su sombra nunca se iría. Los silencios, las miradas. El momento en que, cobardemente, decidí partir. No, no podía vivir sin superar mis propias decisiones. Mis decisiones. El considerar que yo mismo había sido el causante del dolor era insoportable. Los días que habían pasado desde ese momento me habían encontrado solitario y errante. Fue entonces cuando comencé a venir al bar. Cada noche, pasaba mi tiempo aquí, observando por la ventana. Era aquí donde, por un tiempo, me encontraba conmigo mismo, donde conseguía evadirme. Donde compartía mi tiempo con estas personas que, como yo, parecían no querer escapar de la intemporalidad del ambiente. Sostuve con fuerza mi vaso, y por un tiempo que parecieron cien años, me mantuve inquieto, observándolo, perdiéndome en el líquido incoloro que reposaba inmóvil. ¿Sería capaz de huir de ese pensamiento? ¿Podría escapar de la culpa, del dolor?

¿O existía acaso una posibilidad de volver?

Eran las seis de la mañana cuando tomé el trago. La banda continuaba tocando, y las personas a mi alrededor continuaban tal y como hacía horas, inmersos en sus mundos internos. Tomé mi abrigo, y sin mirar atrás dejé el bar, única luz en una ciudad oscura y lluviosa, decidido a encontrarla. Y nunca más regresé a él.




Música recomendada para leer el cuento:

domingo, 4 de octubre de 2020

La Navidad de Juanito Laguna (cuento + making of)

El sol caía ya sobre los basurales que rodeaban la villa, cuando Juanito Laguna emprendió el viaje de vuelta a su casa. Caminaba tan rápido como le permitían sus piernas, alentado por la emoción que le producía el solo pensar en lo especial que iba a ser esa noche, la cual, como cualquier niño, esperaba con ansias durante todo el año. 

Mientras recorría rápidamente los conocidos montones de basura, aquellos en los cuales había jugado toda su vida, comenzó a distinguir cada vez más cerca la villa en la que estaba su hogar. Se detuvo un segundo, y observó por enésima vez ese paisaje que tanto conocía: la villa, con sus casas humildes, a veces demasiado, se extendía frente a él. Dentro, cientos de personas vivían amontonadas, luchando por subsistir en una ciudad donde no se les daba ni la atención ni las oportunidades que tanto anhelaban y necesitaban. Y por detrás, se alzaban los grandes edificios. Juanito jamás había estado dentro de uno de ellos,  en donde se contaba que había muchas comodidades, propias de las que tenía la “gente con suerte”, como les decía él.   

Al internarse en el lugar, saludó rápidamente a aquellos conocidos  a los que se cruzaba, y se dirigió directamente hacia su casa. Cuando llegó, ya era de noche, y la luna era bien visible en el cielo. Junto a ellas, se distinguían algunas estrellas, las pocas que todavía no habían sido consumidas por la luz de la ciudad.   

La pequeña habitación donde se reunió la familia era para el niño lo más confortable que había en el mundo. Con su piso de tierra y sus paredes de chapa, causaba en Juanito esa sensación de calidez que solo proporciona un hogar. Hacía calor, por lo que la puerta se encontraba abierta, al igual que las ventanas. Y la tenue luz de la lámpara de querosén ubicada en el centro del lugar brindaba una extraña sensación, mezcla de  melancolía y clima de fiesta. En el medio del carenciado cuarto se encontraba una vieja mesa, de esas que uno no sabe cuando llegó, solo que siempre estuvo ahí, y su pobre estado daba la sensación de que en verdad era cierto. Solo una de sus patas era la original; el resto habían sido añadidas con el tiempo. A su alrededor, se reunía la familia, dispuesta a comer la cena preparada para esa noche: un pan dulce, y para beber, una Coca Cola para los niños, y una sidra para los grandes. Juanito se encontraba profundamente complacido. Aquella cena era sin duda la más deliciosa de todo el año. Tratando de saborear cada bocado, comenzó a mirar, cada vez más atentamente, el reloj, esperando que las agujas marcaran las doce en punto. 

Poco a poco, la hora tan esperada llego, y el reloj dio las doce. La familia brindó con sus pequeños vasitos, y los niños recibieron, cada uno, su regalo. Y una vez recibido, salieron corriendo afuera a jugar. Y mientras, los fuegos artificiales iluminaron el cielo, creando formas y colores que deslumbraron los ojos de los hermanos. 

Juanito pasó una noche que sería recordada toda su vida. Como todos aquellos momentos felices de su vida que contrastaban con su miseria de todos los días. 

"La Navidad de Juanito Laguna". Óleo sobre arpillera, obra de Antonio Berni. 1961.



Sobre el cuento (o un intento de making of).

El cuento que acaban de leer fue escrito hace ya siete años, cuando en mi último año del secundario se nos pidió que elaboremos un cuento basado en una obra de arte. De las obras disponibles, llamó mi atención el cuadro de Antonio Berni, "La Navidad de Juanito Laguna", que pueden ver más arriba. No recuerdo qué fue lo que me impactó de esa composición, pero sé que, con entusiasmo, procuré redactar el cuento. Me inspiré en el cuadro en sí, pero traté de pensar cuál sería la historia tras la imagen. ¿Qué significaba esa Navidad para Juanito? Con esa idea en mente, fui lentamente construyendo el relato. Fue un proceso tortuoso. Lo escribí y reescribí varias veces, con la presión de que en sólo una semana tendría que leerlo frente a mis compañeros. El sufrimiento del perfeccionista, se podría decir. Noche tras noche, dedicaba al menos una hora a pensar el cuento. A retocarlo. A ver cómo podía ser mejor. 

Hoy pienso que el resultado no era malo. Quiero decir, este era tal vez el cuarto cuento que escribía en toda mi vida, producto más del esfuerzo que de la habilidad. ¿Pero quién podría convencerme de eso? En esos años, la mera idea de pasar al frente del curso me provocaba pavor. Imagínense sí, además, tenía que hacerlo con un cuento propio en mano. Las inseguridades de la adolescencia, supongo.

Igualmente, con el tiempo el cuento tomó forma. No era una gran producción, pero me sentía orgulloso del resultado. Si bien la exposición fue un desastre (los nervios me jugaron un mal momento, principalmente por perder la fe en mi propio trabajo enfrente de todos y presentarlo como algo simple), hoy lo guardo con cierto cariño. Si bien al releerlo no dejo de sentir esa sensación del momento que ya describí, y con el paso de los años algunas personas opinaron (no sin razón) que al final le faltaba impacto, hoy me propuse a compartirlo. Tal vez porque quiero legitimar una partecita de mi pasado, o tal vez porque no pude escribir el cuento que pensaba subir hoy. Puede que sea una mezcla de ambas cosas. Sin embargo, quisiera dejar un par de ideas:
  1. No tenemos que avergonzarnos de nuestras producciones. Lo que escribimos no deja de ser un retazo de nosotros mismos. Y eso hay que valorarlo, independientemente del resultado de nuestra obra.
  2. Siempre se puede mejorar, pero no por eso debemos criticar de más nuestras obras. Todo podría ser mejor, pero la grandeza se llega a través de un camino. ¿Importa si algo que hicimos no sale como esperábamos? ¡No! Es un aprendizaje, un paso más hacia mayores habilidades.
Tal vez sea por eso que hoy subo este cuento. Al igual que buena parte de las obras viejas que subí, "La Navidad de Juanito Laguna" es una parte de ese yo adolescente que, aunque temeroso, quiso contar una historia. 

No es algo que pretenda olvidar jamás.

sábado, 3 de octubre de 2020

Esperanza ante la muerte

Entre ojos inyectados en sangre, un cuerpo marchito clama.
El silencio lo recubre, y sus manos se entrelazan en una última señal de paz.
Bajo la penumbra de la vida un último suspiro se funde con el aire.
¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo el olvido de la muerte perforará la carne?
 
Los recuerdos se borran y el hombre descansa.
Sus luchas, amores y fatigas, cada historia sin contar
Ya no son más que un eco perdido, una canción que nunca se cantará.
 
En su último lecho el hombre ha de esperar
Esa mañana gloriosa, cuando con júbilo despertará.
Y en eterna juventud junto a Él morará.
¡Descansa ya, buen hombre! ¡Pronto el día llegará!


En recuerdo de los que se fueron, pero esperamos volver a ver.


viernes, 2 de octubre de 2020

Vida de una gota de lluvia

El nacimiento de la gota, pequeña e imperceptible, fue precedida por un trueno que sacudió el monte.

La gota nada sabía de su existencia previa, antes de condensarse y tomar forma, pero eso poco importaba. Ella no tenía control de su nacimiento, ni de su muerte. Tampoco podría decidir el trayecto de su caída, ni qué le ocurriría una vez hubiera impactado en el algún lugar del monte chaqueño. Una gota no tiene voz en su existencia: nadie le pregunta qué quiere hacer, es sólo una pequeña parte en un fenómeno más grande. Apenas existe por unos segundos, y no destaca entre sus miles de hermanas. Pero es única, irrepetible en espacio y el tiempo. Y esta gota, pequeña como era, adquirió peso y se desprendió de la nube que había sido su cuna, su casa y todo lo que había conocido. 

Y cayó.

La caída fue rápida, si lo vemos con ojos humanos, pero para una gota la caída lo es todo. Es un día, una semana y cien años. Es la juventud y la vejez, la realización y consumación. La caída, para esta gota, duró mucho tiempo. Cada centímetro avanzado en dirección a la tierra abría nuevos panoramas en su visión del mundo. Formas que nunca había visto ni volvería a ver se formaron ante ella, formas vivas e inertes, que conforman todo cuanto es natural del mundo. La gota, impulsada por fuerzas que no podía controlar, observó todo cuanto pudo. Este era su momento, su eternidad. 

Antes de lo que hubiera querido, la tierra se fue haciendo cada vez más cercana, como si reclamara algo que por derecho le perteneciera. La gota cayó con fuerza, dejada a la inevitabilidad de lo que iba a ocurrir. Pero una rama se interpuso entre ella y su destino. La sorpresa la embargó: no era algo que esperara. Apenas tardó unos segundos en comprender que todavía existía. Sus hermanas caían a su alrededor, directamente al suelo. Pero ella no: continuaba en las ramas, deslizándose, sintiendo la rugosidad de la madera y la suavidad de las hojas. Estaba viva, podía existir, al menos un tiempo más. Se le había dado una posibilidad que muchas de sus hermanas no tenían, y la gota lo aprovechó. Avanzó con lentitud, sin control de su movimiento, pero con una expectativa que avanzaba a cada segundo. Y así llego al borde de la rama, colgando de la hoja más lejana. Vio el mundo, sus abundantes bosques, y al cielo despejándose tras el monte, los rayos de sol recortados entre los árboles. El instante fue todo para la gota. Y eso le bastó. 

La gota se desprendió del árbol. Lo último que sintió fue que se mezclaba con sus hermanas en un charco, antes de que la tierra la absorbiera.



jueves, 1 de octubre de 2020

La sombra

La percepción de que el momento de su muerte estaba cerca hizo que el hombre, sentado en el interior de su auto, rodeado por una espesa lluvia de verano, se aferrara al volante con la misma fuerza que se aferraba a la vida. No estaba herido todavía, pero sabía que lo que fuera que pasara, estaba próximo a ocurrir. Lo había visto. Toda su vida lo había temido. Y ahora, perdido en una ruta del interior, sin más que su propia respiración perdiéndose en el ruido de las pesadas gotas que impactaban contra la ventana del auto, era consciente de la misma inevitabilidad de los acontecimiento. Se preguntaba cómo, cómo había sido capaz de permitir que ocurriera, cómo no pudo evitarlo. Pero ya era tarde para preguntas. El cuero del asiento lo absorbía, como si supiera que era la última vez que su dueño se iba a sentar sobre él. Su corazón latía como si quisiera escapar de su cuerpo y no ser testigo de una muerte prematura. El aire espeso de la mañana se condensaba con cada exhalación cargada del único sentimiento que el ser humano no puede evitar sentir en algún momento de su triste y solitaria existencia: miedo. Miedo a la muerte, miedo a mirar a los ojos a su asesino y sentir como cada intento por permanecer vivo era una esfuerzo inútil por prolongar una vida que acababa de ser condenada al olvido, a volver a ser parte del polvo de la tierra. No, no podía ser, se decía. Se lo repetía a sí mismo con tanta vehemencia que parecía que sus pensamientos ya no tenían forma ni surgían de él, sino que parecían voces de almas perdidas que le advertían de la urgencia del momento. Voces que sabían lo mismo que él, que su hora había llegado.

El miedo ahora cedía al terror, y el hombre vislumbró, a lo lejos, la sombra maldita que había visto tantas veces en sueños. Esa sombra con forma humana que nunca se dejaba ver, pero que siempre estaba ahí. Que siempre estaba presente, en sus paisajes oníricos de la infancia, en los momentos de paz que la mente crea cuando el cuerpo descansa por las noches. Lo acompañó toda su vida, como una amenaza latente de un momento futuro que algún día iba a ser presente. Y ahora se acercaba, casi invisible entre la lluvia, escurridiza como el agua que corría entre las ruedas del auto. Pero estaba ahí. Cercana, silenciosa. Era la sombra, el miedo que se oculta en la mente de todos los seres humanos. Y al verla de cerca, el hombre gritó. Era un grito de rabia, de pánico y de impotencia. La sombra, hija de todos los males, ahora estaba frente a él, erguida e inmóvil. Los segundos parecían eternos, y el hombre trató de huir. Pero su cuerpo ya no le respondía. Supo entonces que este era el momento. Y gritó, gritó como nunca había pensado que podría hacerlo, e incluso más, mientras sentía como la sombra lo envolvía, quitando la vida de su cuerpo.

El grito hizo eco en la habitación, y el hombre despertó. Se aferraba a las sábanas, transpirado y aturdido. Sentía aún el frío mortal cuando fue consciente de que no estaba en un auto, sólo y perdido. Estaba en su cuarto, sentado en su cama, protegido de la lluvia que golpeaba con fuerza sus ventanas en esa noche. El alivio fue instantáneo, y su cuerpo se relajó. Todo estaba bien, se repitió varias veces. Se recostó, envuelto en sus sábanas, y apoyó su cabeza sobre la almohada. Sus ojos, seducidos nuevamente por el sueño, se cerraron unos minutos después. Y el hombre descansó, inmerso en sueños que nunca recordaría. Por esa noche no supo más nada, ni sitió la mirada que, desde las sombras, no dejaría de vigilarlo toda su vida.



miércoles, 30 de septiembre de 2020

[Reflexión] ¿Qué escribir cuando no hay inspiración?



¿Qué escribir cuando no hay inspiración?

No son pocos los momentos en los que, en la soledad de mi cuarto, me hice esa pregunta. La hoja en blanco, como un lienzo que espera las pinceladas del artista, se mantiene impasible ante mi inquietud. ¿De qué hablar? ¿Cómo expresarlo? 

Entonces comienza el juego. Tímidos versos, ideas sueltas, tópicos con los que me siento cómodo (el atardecer, la soledad, la ciudad, la inexperiencia frente al mundo) comienzan a tomar forma lentamente frente a mí. Los escribo, dibujo las letras con emoción... pero esto sólo dura unos segundos. El resultado, a priori, es tosco e imperfecto. "Ya escribí sobre eso", me digo. Y lo reviso. No me convence el lenguaje, tampoco las analogías. 

Molesto por la situación, borro las palabras rápidamente, y la hoja queda en blanco otra vez. ¿Y yo? Vuelvo a mirarla con desconfianza, esperando que las ideas vuelvan a formarse en mi cabeza.

Y ahí surge, nuevamente, la pregunta: ¿qué escribir cuando no hay inspiración? Solo que, llegado a este punto, una vez desechado el primer y lastimoso intento, surge una segunda incógnita, que a la vez tiene un componente lacerante: ¿de verdad soy bueno en esto?

Son más frecuentes las veces que, a esas alturas, abandono la empresa y decido dedicarme a otra cosa. Los distractores en esta sociedad consumistas son muchos, y no me cuesta olvidarme pronto de mi decepción. Pero, en ocasiones, sólo en ocasiones, un momento fugaz de inspiración llega a mí. Y es ahí cuando, lejos del mundo, sólo soy yo y el papel. Es el momento clave, como le digo. El momento en que, sin dejar de ser imperfecto, surge algo que es interesante. Una idea, un concepto. Una analogía. O un poema entero.

¿Qué escribir cuando no hay inspiración? Esa es una pregunta que sólo puede responder cada escritor. Quienes nos enfrentamos al papel en blanco entendemos lo difícil que puede ser escribir. Los miedos y anhelos que nos llenan en esos momentos. Pero es parte de la profesión. O del hobby. De mi parte, creo que cada instante puede ser una inspiración. Nuestra vida es una constante catarata de experiencias, sensaciones y emociones. La tristeza y la alegría, el alba y el ocaso, los encuentros y las despedidas, la distancia y la cercanía, la calidez y el frío, el bien y el mal, son cosas que, imperceptiblemente, vivimos cada día. La potencialidad de eso no tiene límites.

¿Qué escribir cuando no hay inspiración? Mi respuesta es: de cualquier cosa que uno quiera y sienta, sin forzarnos. Como, por ejemplo, escribiendo sobre qué escribir cuando no hay inspiración. 

Recuerdo

Recuerdo esas horas en las que todo parecía más simple,
Donde poco a poco el sol bajaba
Atravesando la extensión celestial,
Rompiendo débilmente la oscuridad mundana,
Ocultándose en un horizonte aparente
Para dejar paso a la apacible noche.

Recuerdo observar atentamente
Los matices, los colores,
La delicada conjugación del espectro solar en su último suspiro
Mientras los sueños brotaban de mi joven mente,
Surcando los mares de mi imaginación,
Tocando las costas de mi pequeño mundo.

Recuerdo ver el tiempo avanzar con la luz
En aquella mesa de mármol blanco,
Donde cada segundo era una aventura que contar,
Donde en la quietud podía soñar.

Recuerdo tomar mis manos con el recuerdo.
Recuerdo esos instantes en ese único lugar.
Vida, ¿puedes devolverme allí?
¿Es posible que los momentos más hermosos sólo subsistan en un recuerdo perecedero?
La vida no es más que una imagen mental que se extingue con el último suspiro de un cuerpo marchito.
Pero mientras los sueños alimenten mi existencia,
Mientras su suspiro embargue mi corazón
Y mis ojos vean este atardecer carmesí,
Recuerdo...



martes, 29 de septiembre de 2020

Los olvidados

Hay ojos cerrados que se jactan de ver
Y bocas abiertas que rugen por tu piel.
No falta quien diga que el mundo está al revés.
Llenos de vida, imparten su justicia
Y respiran, y existen.

Voces se alzan y chocan sin cesar
En un claroscuro de líneas definidas.
Ella no sabe ya quién tiene razón,
Pero él cree que todo irá mejor
Si respiran, si existen.

No hay nacimiento sin dolor,
Cada existencia clama por la luz.
La muerte última es el olvido.
¿Me recordarás si nunca me has visto?

Y los hijos serán pérdidas,
Y en tu nombre serán negados.
Clama su sangre en la tierra,
Cuelgan desechos en tus manos.
En un grito de libertad, en un grito de igualdad
Son recuerdos que no han sido.

Ella se pregunta qué es el amor,
De sus labios brota compasión.
Mientras, guardo silencio en un la oscura habitación.
Acorralado, ya no veré la luz.
Y respiro... un olvido.



lunes, 28 de septiembre de 2020

Soledad en una tarde de otoño (en tiempos de cuarentena)

Atardece en la ciudad,
Lugar perdido en Buenos Aires
Donde las calles permanecen vacías
Y sólo el murmullo de una radio lejana decora el ambiente.

Los colores del cielo se conjugan 
Con las hojas marchitas que al piso caen.
Señal del otoño que avanza,
Muestra del lento paso del tiempo.

El viento recorre las estructuras,
Efímeros intentos del hombre por prevalecer
A la naturaleza indomable que paciente espera
Por recuperar lo que se la ha robado.

Ya casi anochece en la ciudad.
Se cierran las puertas, se cierran las ventanas.
Aislados, solo entre cuatro paredes
Añoro el día en que pueda volver a verte.


Para J.

Poema viejo

Este blog lo creé hace ya seis años. En su momento, fue pensado como un sitio en el cual compartir mis pequeñas producciones, pero poco a poco fue quedando en el olvido (aunque lo cierto es que fue un olvido más rápido de lo que aparenta a priori, puesto que apenas subí siete entradas en dos meses antes de abandonar el proyecto). 

Pese a su fugaz existencia, representó una pincelada de mí. Una demostración de quién era yo en ese momento, un joven que atravesaba el cambio de secundaria a universidad, pero también de quién había sido: puede verse que en varias entradas de ese tiempo expreso que el poema subido no era precisamente reciente, sino que había sido hecho incluso antes, en plena adolescencia.

Sin embargo, hace tan sólo un día, indagando por internet en mi tiempo libre redescubrí este pequeño rincón de mi pasado. Ahí encontré mis viejos escritos, vivos todavía dentro de la inmensidad de la web. Y entre ellos, una publicación en borrador que contenía uno de mis primeros poemas (si es que acaso puede recibir esa categoría, aunque supongo que no debería ser tan exigente con mi yo del pasado), el cual escribí con 14 años.

Desconozco la razón que me impulsó en el momento el querer compartir esto, teniendo en cuenta que ya en ese entonces era un poema viejo. Es sin ninguna duda algo que escribí en uno de esos melancólicos momentos que atraviesan la adolescencia, cuando, encerrado en mi cuarto, en mi mundo, me permitía expresar aquello que pasaba por mi mente y mi corazón. Hoy lo veo como poco más que una curiosidad, y por más que excavo en mis recuerdos no logro discernir qué habrá sido el disparador de su escritura. Pero, por más que me cause cierta vergüenza ajena (¿se puede hablar de nuestro pasado como si fuera otra persona?), creo que es justo culminar la tarea de publicación que inicié en ese momento. 

El poema no es nada grandioso. Pero fue lo suficientemente valioso como para querer preservarlo. Quien fui me hizo quien soy ahora, y sin esos primeros poemas tal vez no me animaría a escribir hoy. Así que se lo debo a mi yo adolescente. Después de todo, no hay que olvidar nuestro pasado.

Alba

Veo,
Entre montañas desnudas y ríos que las bañan,
La corona de luz de un sol que nace
Cubriendo estrellas que desaparecen con el solemne brillo del alba.
La palabra viva de una pluma que sueña con escribir
Algo digno de tal cuadro,
Que ni los más célebres pintores podrían reproducir.
Mas la noche, en su último suspiro antes de partir,
Se despide acariciando con sus manos de sombras 
A cada criatura durmiente en la apacible tierra.
Nace el día como un niño sonriente.
Cantan las aves en coros de bienvenida.
Por un breve tiempo, la luz contentará sus vidas.
Nace el día con sus dolores,
Con sus vaivenes, con su solemnidad rojiza.
Avanza en la extensión de lo palpable,
Cambia todas las perspectivas.
Me uno a los cantos de los pájaros.
Buen día, día,
Te esperamos toda la noche.
Inicia nuestras rutinas, el ciclo de la vida.
Espéranos, noche,
Pronto te volveremos a necesitar.



Antes del hoy

Antes del hoy, el ayer.
Tiempo que corre sin mí,
Dijimos que el fin sería un nuevo inicio.

Paisaje de colores silenciosos
Donde la tierra rasga al cielo,
Nubes que quiebran la calma.
Respiro y siento la vaga sensación
De no ser parte de este mundo.

Eras tan inocente entonces
Ante ese solemne desierto.
Las montañas cubren el horizonte
Pero no buscabas verlo.

No hay valentía en negar el miedo,
Los bienaventurados luchan con ello.
Encuentra en el viento un sonido 
Que vuelva sencillo el decir adiós.
Era un viaje perfecto
Antes del hoy.



Pensamientos de un hombre frente al mar

Noche. Esa simple palabra describía a la perfección ese instante en el día de Alejandro. Las estrellas brillaban tenuemente en un cielo tan oscuro como la mismísima morada de Cerbero, y en la tierra las brillantes y numerosas luces artificiales daban un poco de sosiego a quienes se preparaban para dormir. El silencio recorría las calles, como una ola de susurros que pronto habría de extinguirse. El día había terminado, sí. Y Alejando observaba a la noche desde su balcón, sentado en una vieja silla blanca, mientras tarareaba una vieja canción que hacía poco había redescubierto.

Pero una palabra puede tener diferentes significados. Incluso las más simples, como día y noche, ya que el contexto en que se usan a menudo ejercen leves cambios en la connotación que da su uso. Ya lo decía Saussure: el valor de un signo se da por su oposición con otros signos. O en un modo más simple: el contexto lo es todo.

Y esta no era una noche cualquiera.

Alejandro suspiró. Era un suspiro nostálgico, no tanto de lo que había dejado atrás hacía ya tanto tiempo, sino de lo que tenía por delante. Una masa oscura, vacilante, se extendía frente a el con rugidos eternos. El mar, el siempre extraño mar, había perdido sus brillantes colores para fundirse en el negro de la oscuridad nocturna, y el único indicio de su presencia se daba por el continuo y arrullador sonido que provocaban las olas al chocar con la arena de la playa. Era el mar, con sus insondables misterios y el salado sabor de sus vientos, el que le regalaba a Alejandro una noche ideal, única, que lo embelesaba al respirar cada porción de ese aire puro. Sus pensamientos, dirigidos por el ir y venir de las olas y su estruendo, reflexionaban en el más profundo sentido sobre los devenires del más significativo tesoro que esta Tierra tiene en sus suelos: la vida. La vida de un hombre que se replanteaba el por qué, el por qué de todo lo que podría considerarse valioso en este paso fútil por el mundo.

Alejandro se revolvió en su asiento, y miró a la oscura inmensidad frente a él. Esta no era cualquier noche. Esta era una noche distinta a la de ayer, y a la de mañana.

Esta es la noche que hoy le regalaba el mar.



Ocaso

Miro al ocaso
Y a su oculta ambigüedad.
Un juego de colores se abre en la ciudad.
Tu silueta en un mar de rojos, el tiempo se detiene
Cuando la nada es todo
Y el silencio mil voces al hablar.




Para J.