Noche. Esa simple palabra describía a la perfección ese instante en el día de Alejandro. Las estrellas brillaban tenuemente en un cielo tan oscuro como la mismísima morada de Cerbero, y en la tierra las brillantes y numerosas luces artificiales daban un poco de sosiego a quienes se preparaban para dormir. El silencio recorría las calles, como una ola de susurros que pronto habría de extinguirse. El día había terminado, sí. Y Alejando observaba a la noche desde su balcón, sentado en una vieja silla blanca, mientras tarareaba una vieja canción que hacía poco había redescubierto.
Pero una palabra puede tener diferentes significados. Incluso las más simples, como día y noche, ya que el contexto en que se usan a menudo ejercen leves cambios en la connotación que da su uso. Ya lo decía Saussure: el valor de un signo se da por su oposición con otros signos. O en un modo más simple: el contexto lo es todo.
Y esta no era una noche cualquiera.
Alejandro suspiró. Era un suspiro nostálgico, no tanto de lo que había dejado atrás hacía ya tanto tiempo, sino de lo que tenía por delante. Una masa oscura, vacilante, se extendía frente a el con rugidos eternos. El mar, el siempre extraño mar, había perdido sus brillantes colores para fundirse en el negro de la oscuridad nocturna, y el único indicio de su presencia se daba por el continuo y arrullador sonido que provocaban las olas al chocar con la arena de la playa. Era el mar, con sus insondables misterios y el salado sabor de sus vientos, el que le regalaba a Alejandro una noche ideal, única, que lo embelesaba al respirar cada porción de ese aire puro. Sus pensamientos, dirigidos por el ir y venir de las olas y su estruendo, reflexionaban en el más profundo sentido sobre los devenires del más significativo tesoro que esta Tierra tiene en sus suelos: la vida. La vida de un hombre que se replanteaba el por qué, el por qué de todo lo que podría considerarse valioso en este paso fútil por el mundo.
Alejandro se revolvió en su asiento, y miró a la oscura inmensidad frente a él. Esta no era cualquier noche. Esta era una noche distinta a la de ayer, y a la de mañana.
Esta es la noche que hoy le regalaba el mar.

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