miércoles, 30 de septiembre de 2020

[Reflexión] ¿Qué escribir cuando no hay inspiración?



¿Qué escribir cuando no hay inspiración?

No son pocos los momentos en los que, en la soledad de mi cuarto, me hice esa pregunta. La hoja en blanco, como un lienzo que espera las pinceladas del artista, se mantiene impasible ante mi inquietud. ¿De qué hablar? ¿Cómo expresarlo? 

Entonces comienza el juego. Tímidos versos, ideas sueltas, tópicos con los que me siento cómodo (el atardecer, la soledad, la ciudad, la inexperiencia frente al mundo) comienzan a tomar forma lentamente frente a mí. Los escribo, dibujo las letras con emoción... pero esto sólo dura unos segundos. El resultado, a priori, es tosco e imperfecto. "Ya escribí sobre eso", me digo. Y lo reviso. No me convence el lenguaje, tampoco las analogías. 

Molesto por la situación, borro las palabras rápidamente, y la hoja queda en blanco otra vez. ¿Y yo? Vuelvo a mirarla con desconfianza, esperando que las ideas vuelvan a formarse en mi cabeza.

Y ahí surge, nuevamente, la pregunta: ¿qué escribir cuando no hay inspiración? Solo que, llegado a este punto, una vez desechado el primer y lastimoso intento, surge una segunda incógnita, que a la vez tiene un componente lacerante: ¿de verdad soy bueno en esto?

Son más frecuentes las veces que, a esas alturas, abandono la empresa y decido dedicarme a otra cosa. Los distractores en esta sociedad consumistas son muchos, y no me cuesta olvidarme pronto de mi decepción. Pero, en ocasiones, sólo en ocasiones, un momento fugaz de inspiración llega a mí. Y es ahí cuando, lejos del mundo, sólo soy yo y el papel. Es el momento clave, como le digo. El momento en que, sin dejar de ser imperfecto, surge algo que es interesante. Una idea, un concepto. Una analogía. O un poema entero.

¿Qué escribir cuando no hay inspiración? Esa es una pregunta que sólo puede responder cada escritor. Quienes nos enfrentamos al papel en blanco entendemos lo difícil que puede ser escribir. Los miedos y anhelos que nos llenan en esos momentos. Pero es parte de la profesión. O del hobby. De mi parte, creo que cada instante puede ser una inspiración. Nuestra vida es una constante catarata de experiencias, sensaciones y emociones. La tristeza y la alegría, el alba y el ocaso, los encuentros y las despedidas, la distancia y la cercanía, la calidez y el frío, el bien y el mal, son cosas que, imperceptiblemente, vivimos cada día. La potencialidad de eso no tiene límites.

¿Qué escribir cuando no hay inspiración? Mi respuesta es: de cualquier cosa que uno quiera y sienta, sin forzarnos. Como, por ejemplo, escribiendo sobre qué escribir cuando no hay inspiración. 

Recuerdo

Recuerdo esas horas en las que todo parecía más simple,
Donde poco a poco el sol bajaba
Atravesando la extensión celestial,
Rompiendo débilmente la oscuridad mundana,
Ocultándose en un horizonte aparente
Para dejar paso a la apacible noche.

Recuerdo observar atentamente
Los matices, los colores,
La delicada conjugación del espectro solar en su último suspiro
Mientras los sueños brotaban de mi joven mente,
Surcando los mares de mi imaginación,
Tocando las costas de mi pequeño mundo.

Recuerdo ver el tiempo avanzar con la luz
En aquella mesa de mármol blanco,
Donde cada segundo era una aventura que contar,
Donde en la quietud podía soñar.

Recuerdo tomar mis manos con el recuerdo.
Recuerdo esos instantes en ese único lugar.
Vida, ¿puedes devolverme allí?
¿Es posible que los momentos más hermosos sólo subsistan en un recuerdo perecedero?
La vida no es más que una imagen mental que se extingue con el último suspiro de un cuerpo marchito.
Pero mientras los sueños alimenten mi existencia,
Mientras su suspiro embargue mi corazón
Y mis ojos vean este atardecer carmesí,
Recuerdo...



martes, 29 de septiembre de 2020

Los olvidados

Hay ojos cerrados que se jactan de ver
Y bocas abiertas que rugen por tu piel.
No falta quien diga que el mundo está al revés.
Llenos de vida, imparten su justicia
Y respiran, y existen.

Voces se alzan y chocan sin cesar
En un claroscuro de líneas definidas.
Ella no sabe ya quién tiene razón,
Pero él cree que todo irá mejor
Si respiran, si existen.

No hay nacimiento sin dolor,
Cada existencia clama por la luz.
La muerte última es el olvido.
¿Me recordarás si nunca me has visto?

Y los hijos serán pérdidas,
Y en tu nombre serán negados.
Clama su sangre en la tierra,
Cuelgan desechos en tus manos.
En un grito de libertad, en un grito de igualdad
Son recuerdos que no han sido.

Ella se pregunta qué es el amor,
De sus labios brota compasión.
Mientras, guardo silencio en un la oscura habitación.
Acorralado, ya no veré la luz.
Y respiro... un olvido.



lunes, 28 de septiembre de 2020

Soledad en una tarde de otoño (en tiempos de cuarentena)

Atardece en la ciudad,
Lugar perdido en Buenos Aires
Donde las calles permanecen vacías
Y sólo el murmullo de una radio lejana decora el ambiente.

Los colores del cielo se conjugan 
Con las hojas marchitas que al piso caen.
Señal del otoño que avanza,
Muestra del lento paso del tiempo.

El viento recorre las estructuras,
Efímeros intentos del hombre por prevalecer
A la naturaleza indomable que paciente espera
Por recuperar lo que se la ha robado.

Ya casi anochece en la ciudad.
Se cierran las puertas, se cierran las ventanas.
Aislados, solo entre cuatro paredes
Añoro el día en que pueda volver a verte.


Para J.

Poema viejo

Este blog lo creé hace ya seis años. En su momento, fue pensado como un sitio en el cual compartir mis pequeñas producciones, pero poco a poco fue quedando en el olvido (aunque lo cierto es que fue un olvido más rápido de lo que aparenta a priori, puesto que apenas subí siete entradas en dos meses antes de abandonar el proyecto). 

Pese a su fugaz existencia, representó una pincelada de mí. Una demostración de quién era yo en ese momento, un joven que atravesaba el cambio de secundaria a universidad, pero también de quién había sido: puede verse que en varias entradas de ese tiempo expreso que el poema subido no era precisamente reciente, sino que había sido hecho incluso antes, en plena adolescencia.

Sin embargo, hace tan sólo un día, indagando por internet en mi tiempo libre redescubrí este pequeño rincón de mi pasado. Ahí encontré mis viejos escritos, vivos todavía dentro de la inmensidad de la web. Y entre ellos, una publicación en borrador que contenía uno de mis primeros poemas (si es que acaso puede recibir esa categoría, aunque supongo que no debería ser tan exigente con mi yo del pasado), el cual escribí con 14 años.

Desconozco la razón que me impulsó en el momento el querer compartir esto, teniendo en cuenta que ya en ese entonces era un poema viejo. Es sin ninguna duda algo que escribí en uno de esos melancólicos momentos que atraviesan la adolescencia, cuando, encerrado en mi cuarto, en mi mundo, me permitía expresar aquello que pasaba por mi mente y mi corazón. Hoy lo veo como poco más que una curiosidad, y por más que excavo en mis recuerdos no logro discernir qué habrá sido el disparador de su escritura. Pero, por más que me cause cierta vergüenza ajena (¿se puede hablar de nuestro pasado como si fuera otra persona?), creo que es justo culminar la tarea de publicación que inicié en ese momento. 

El poema no es nada grandioso. Pero fue lo suficientemente valioso como para querer preservarlo. Quien fui me hizo quien soy ahora, y sin esos primeros poemas tal vez no me animaría a escribir hoy. Así que se lo debo a mi yo adolescente. Después de todo, no hay que olvidar nuestro pasado.

Alba

Veo,
Entre montañas desnudas y ríos que las bañan,
La corona de luz de un sol que nace
Cubriendo estrellas que desaparecen con el solemne brillo del alba.
La palabra viva de una pluma que sueña con escribir
Algo digno de tal cuadro,
Que ni los más célebres pintores podrían reproducir.
Mas la noche, en su último suspiro antes de partir,
Se despide acariciando con sus manos de sombras 
A cada criatura durmiente en la apacible tierra.
Nace el día como un niño sonriente.
Cantan las aves en coros de bienvenida.
Por un breve tiempo, la luz contentará sus vidas.
Nace el día con sus dolores,
Con sus vaivenes, con su solemnidad rojiza.
Avanza en la extensión de lo palpable,
Cambia todas las perspectivas.
Me uno a los cantos de los pájaros.
Buen día, día,
Te esperamos toda la noche.
Inicia nuestras rutinas, el ciclo de la vida.
Espéranos, noche,
Pronto te volveremos a necesitar.



Antes del hoy

Antes del hoy, el ayer.
Tiempo que corre sin mí,
Dijimos que el fin sería un nuevo inicio.

Paisaje de colores silenciosos
Donde la tierra rasga al cielo,
Nubes que quiebran la calma.
Respiro y siento la vaga sensación
De no ser parte de este mundo.

Eras tan inocente entonces
Ante ese solemne desierto.
Las montañas cubren el horizonte
Pero no buscabas verlo.

No hay valentía en negar el miedo,
Los bienaventurados luchan con ello.
Encuentra en el viento un sonido 
Que vuelva sencillo el decir adiós.
Era un viaje perfecto
Antes del hoy.



Pensamientos de un hombre frente al mar

Noche. Esa simple palabra describía a la perfección ese instante en el día de Alejandro. Las estrellas brillaban tenuemente en un cielo tan oscuro como la mismísima morada de Cerbero, y en la tierra las brillantes y numerosas luces artificiales daban un poco de sosiego a quienes se preparaban para dormir. El silencio recorría las calles, como una ola de susurros que pronto habría de extinguirse. El día había terminado, sí. Y Alejando observaba a la noche desde su balcón, sentado en una vieja silla blanca, mientras tarareaba una vieja canción que hacía poco había redescubierto.

Pero una palabra puede tener diferentes significados. Incluso las más simples, como día y noche, ya que el contexto en que se usan a menudo ejercen leves cambios en la connotación que da su uso. Ya lo decía Saussure: el valor de un signo se da por su oposición con otros signos. O en un modo más simple: el contexto lo es todo.

Y esta no era una noche cualquiera.

Alejandro suspiró. Era un suspiro nostálgico, no tanto de lo que había dejado atrás hacía ya tanto tiempo, sino de lo que tenía por delante. Una masa oscura, vacilante, se extendía frente a el con rugidos eternos. El mar, el siempre extraño mar, había perdido sus brillantes colores para fundirse en el negro de la oscuridad nocturna, y el único indicio de su presencia se daba por el continuo y arrullador sonido que provocaban las olas al chocar con la arena de la playa. Era el mar, con sus insondables misterios y el salado sabor de sus vientos, el que le regalaba a Alejandro una noche ideal, única, que lo embelesaba al respirar cada porción de ese aire puro. Sus pensamientos, dirigidos por el ir y venir de las olas y su estruendo, reflexionaban en el más profundo sentido sobre los devenires del más significativo tesoro que esta Tierra tiene en sus suelos: la vida. La vida de un hombre que se replanteaba el por qué, el por qué de todo lo que podría considerarse valioso en este paso fútil por el mundo.

Alejandro se revolvió en su asiento, y miró a la oscura inmensidad frente a él. Esta no era cualquier noche. Esta era una noche distinta a la de ayer, y a la de mañana.

Esta es la noche que hoy le regalaba el mar.



Ocaso

Miro al ocaso
Y a su oculta ambigüedad.
Un juego de colores se abre en la ciudad.
Tu silueta en un mar de rojos, el tiempo se detiene
Cuando la nada es todo
Y el silencio mil voces al hablar.




Para J.